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domingo, 21 de diciembre de 2025

El último abrazo, el último beso.

Por Sergio Marcano.

En el ferry de vuelta a Coche,

Juan (53) un hombre de piel morena, quemada por el sol,

mira fijamente al horizonte, mientras una brisa persistente insiste en desordenarle sus cabellos.

 

Aunque por fuera se ve tranquilo,

con el rostro apacible,

por dentro, Juan lucha una dura batalla por mantener la compostura; por mantenerse entero.

 

Ese día, por primera vez en todos los años que tenía viajando del Guamache a Coche,

no quería llegar a la isla,

 

pero el ferry avanzaba de manera inexorable, acercándole cada vez más a San Pedro,

a su casa.

 

 

Juan pensó que no estaba buscando nada cuando conoció a Patricia,

que estaba tranquilo,

haciendo su vida en paz;

porque, aunque no lo pensaba de manera consciente, había aceptado de muchas maneras que lo suyo era la soltería.

 

Pero la llegada de Patricia (28) una mujer delgada, blanca, a la isla, a la escuela, cambió poco a poco su percepción de las cosas;

 

era aquella manera particular que tenía de ser,

la forma especial en la que trataba a sus alumnos, con toda la paciencia y la disposición del mundo;

con ese carácter suave, conciliador y amable;

 

incluso, cuando ambos notaron la atracción del uno por la otra, su relación afectiva no se sucedió de manera repentina,

fue algo que se forjó en la cotidianidad de al menos dos años de trabajo mancomunado en la escuela;

en la organización de actividades escolares extracurriculares,

en la participación de las diferentes protestas por comida para el comedor de la escuela; y por el agua y por la electricidad de San Pedro.

 

 

A Juan le enamoró su espíritu rebelde,

la claridad de sus ideas políticas,

su disposición a nunca rendirse,

a actuar de alguna manera para generar el cambio que se necesitaba en la comunidad,

pero por sobre todas las cosas por su sentido del humor,

por aquella manera destemplada con la que se reía desde la base del estómago.

 

 

 

Cuando finalmente el ferry atracó y abrió la compuerta de salida, Juan se acercó a un ataúd de madera barata que había comprado en Porlamar y cargó los 26 kilos sobre su espalda y cabeza;

 

esa mañana fue el primero en salir de la embarcación,

todos los marineros en el puerto dejaron lo que estaban haciendo y lo miraron con una mezcla de sorpresa y conmiseración;

 

ignorándolos, Juan se encaminó por la calle principal del pueblo. Esa mañana el sol brillaba con ímpetu sobre las calles descoloridas.

 

 

 

A un lado del camino, con el cuerpo cansado por el esfuerzo, Juan se encontró con la pequeña iglesia y allí con el Padre Ortega (66), que lo estaba esperando bajo la sombra del campanario,

al verlo, el pequeño hombre blanco y delgado, se levantó de una silla de madera, se le acercó y le pidió ayudarlo a cargar el ataúd,

pero Juan se rehusó.

 

El padre Ortega decidió seguirlo.

 

Una anciana famélica (75), miró a los dos hombres pasar por la calle frente a su casa cargando el ataúd y se persignó con su rosario de cuentas blancas.

 

Dos niñas que jugaban con sus muñecas, también se les quedaron mirando con curiosidad.

 

 

Ambos hombres se aproximaron a la puerta abierta de una casa de paredes verde claro y techo de tejas rojizas.

 

Juan entró con cuidado y recostó el ataúd en una pared de la sala.


La Sra. Petra, que estaba sentada en la cocina, se acercó a recibirlo con un vaso de agua y le dijo que su esposa estaba lista.

 

Juan tomó el vaso de agua entre sus manos y miró los pies de Patricia en el borde de la cama del cuarto principal.

 

Sintió que le faltaba el aire,

y tuvo ganas de desaparecer,

de morirse allí mismo.

 

Puso el vaso en la mesa sin beber una sola gota.

 

Caminó a la puerta trasera, la abrió de par en par y miró las olas del mar que rompían una tras otra sobre la orilla a solo unos tres metros de la puerta.

 

Pensó que ver morir a Patricia le había quitado el último velo de inocencia e ilusión que quedaba en su humanidad;

y aún tenía que enterrarla;

 

 

y medio pueblo,

sus vecinos,

los maestros de la escuela,

los representantes,

los alumnos,

todos iban a estar a su alrededor,

 

y él lo único que quería era estar solo para morirse de tristeza.

 

 

La Sra. Petra se le acercó y le dijo con voz suave que el calor era muy fuerte y que había que comenzar a preparar el ataúd para el sepelio.

 

Juan asintió entendiendo,

caminó a la mesa en la sala, quitó unos libros y una vieja láptop que estaban allí y lo colocó todo en un estante;

 

haciendo algo de esfuerzo, tomó el ataúd y lo colocó de largo a largo sobre la mesa de la sala;

caminó a un cuarto, abrió un closet, tomó una sábana, una almohada, se devolvió a la sala y lo colocó todo parsimoniosamente dentro del ataúd; bajo la atenta mirada de la Sra. Petra.

 

pensó que por su mente nunca se cruzó la idea de que Patricia pudiese morir,

ella era una mujer joven;

sana.

 

Luego,

con pasos pesados, y la respiración entrecortada,

caminó al cuarto donde estaba el cuerpo de Patricia;

 

hubiese preferido morirse él,

quedarse ciego,

antes de tener que ver a Patricia sin vida;

 

se acercó a ella mirándola con una tristeza punzante, insondable dentro de su pecho,

 

se arrodilló a su lado,

le acarició el cabello liso, recién peinado;

y con la voz entrecortada, le susurró al oído:

 

JUAN: Ay Patricia…

 

Hizo una pausa.

 

JUAN: ¿Qué voy a hacer yo sin ti ahora?

 

Suspiró tratando de no quedarse sin aliento.

 

JUAN: ¿Por qué no te quedaste unos días más conmigo?

 

Unas lágrimas descendieron sobre su rostro.

 

Entonces la cargó de la cama y el contacto con su piel, ahora fría, y el rigor mortis del cuerpo, le crispó los nervios;

maldijo a la muerte mientras llevaba el cadáver a la sala;

y la maldijo una vez más mientras lo acomodaba en el interior del ataúd.

 

Juan miró lánguidamente a Patricia y arreglándole el cabello, le habló lleno de dolor;

 

JUAN: Perdóname Patricia por no darte una mejor vida…

Por no poder comprarte un mejor ataúd…

 

los ojos se le llenaron de lágrimas una vez más.

 

El padre Ortega y la Sra. Petra lo miraron llenos de de tristeza y empatía.

 

 

En un reloj de la pared Juan notó que ya era la hora planificada para la misa y para el sepelio;

se enjugó las lágrimas.

 

Caminó al baño de la casa y se lavó las manos y la cara con agua salada que había sacado del mar el día anterior;

pensó en cambiarse la chemise que llevaba puesta,

pero decidió que no tenía energía para tanto.


Salió a la sala justo en el momento en el que entraban los hermanos García y sus mujeres,

los vecinos de la calle de enfrente,

ambas parejas le dieron un abrazo junto con sus condolencias.

 

Juan recibió aquella muestra de estima y consideración, con cierta aprehensión.

 

 

El maestro Eduardo de Educación Física y la maestra María de Castellano, fueron los siguientes en entrar a su casa e hicieron lo mismo;

 

En un abrir y cerrar de ojos la casa estaba llena de gente deseosa de presentar sus respetos y de despedirse de la maestra Patricia; porque en los 7 años que llevaba viviendo en la isla, se había hecho querer por todos los cochenses, por esa rara y muy apreciada disposición suya de escuchar y ayudar a todos sus alumnos y a todos sus vecinos en lo que hiciera falta.

 

 

 

De pronto el padre Ortega y la Sra. Petra comenzaron a rezar el rosario y todos los presentes lo repitieron al unísono.

 

Juan se sentó, frente al cadáver de su mujer,

ansioso, ensimismado,

mirándolo a intervalos con tristeza y frustración.

 

Terminado el rosario, el padre Ortega se le acercó y le dijo que ya era hora de ir a la iglesia.

Juan se levantó de la silla con pesadez;

había llegado el momento que había temido toda la tarde;

cerrar para siempre el ataúd de Patricia.

 

Se paró frente al cuerpo de su mujer y la besó en la frente;

le tocó el rostro suavemente y suspiró consternado,

consciente de que nunca más volvería a verla le dijo una vez más que la quería;

 

sintiendo la mirada de todos los presentes sobre su humanidad, tomó la tapa de madera que estaba recostada de una pared cercana, la cargó y cuidadosamente la puso sobre el cuerpo de su mujer, para luego cerrar cada uno de los cuatro tornillos de metal que unía las dos piezas del ataúd;

 

entonces, él y cinco de sus vecinos y conocidos más cercanos, se echaron sobre los hombros la pesada caja de madera y caminaron las dos cuadras que conducían a la iglesia.

 

Mientras el cura hacía las exequias, Juan pensó que le hubiese gustado comprar una corona de flores blancas, para adornar la iglesia, pero la plata ni siquiera le había alcanzado para pagar completo el ataúd;

 

 

Solo unos momentos después,

cuando comenzaron a bajar el ataúd de Patricia a la fosa,

Juan pensó que en el poco tiempo que la había conocido ella se había convertido en su familia,

en el amor de su vida,

y tuvo la certeza de que la vida sin ella ya no tendría ningún tipo de sentido.

 

 

Los dos enterradores comenzaron a echar palada tras palada de tierra naranja sobre el ataúd;

mientras que todos los presentes se despedían de Juan y poco a poco, uno tras otro, abandonaban el cementerio para proseguir con la cotidianidad de sus vidas;

 

para cuando el enterrador y su ayudante terminaron de cubrir la fosa de tierra, solo quedaba Juan en el cementerio,

y ya la noche comenzaba a cernirse sobre el pueblo.

 

 

Triste,

Juan regresó a su casa caminando con pasos lentos;

las estrellas brillaban en el cielo y no había luz en toda la isla.

 

Juan abrió la puerta de su casa y la soledad y el silencio del lugar en tinieblas le resultó abrumador,

 

agarró una botella de ron blanco que tenía guardada en una alacena,

salió a la parte de atrás de la casa y se sentó en una silla a mirar el mar en silencio.

 

A pesar de lo cansado que estaba, Juan no tenía sueño y mucho menos ganas de acostarse a descansar.

 

Pensó que el mayor problema con la muerte de Patricia era que todo el futuro que había planificado junto ella ya no existía; el destino se había encargado de desvanecerlo todo en el aire;

ya no habría argumentos a favor o en contra de los políticos del gobierno ni de la oposición,

ni besos y abrazos de buenos días, ni de buenas noches,

ni conversaciones sobre libros o programas de televisión;

ni llamadas en la sala de la casa para convencer a quién hiciera falta de que tenía que mantenerse el flujo de comida al comedor de la escuela;

 

ya nunca volvería a escuchar su voz,

su risa;

ni volvería a oler su olor.

 

 

Amargado, se empinó la botella de ron sobre sus labios y se tomó un largo trago.

 

Se escucharon dos explosiones a lo lejos.

Juan miró al horizonte extrañado, pero en todo lo que alcanzaba ver, solo se veía un mar tranquilo, un cielo despejado de nubes y cubierto de estrellas.

 

 

 

Como a las 5 de la mañana.

 

Algo borracho, se quitó la ropa y se metió en el mar.

El agua fría sobre la piel le quitó la borrachera en segundos.

 

Nadando en aguas calmas, Juan pensó que quisiera lo que quisiera, sintiera lo que sintiera, Patricia estaba muerta y la muerte era una parte natural de la existencia y esa era una verdad precisa que no podía contravenirse,

 

que solo le quedaba aceptar aquello;

acatar la clara decisión del destino y resignarse.

 

 

Sin poder tolerar aquel dolor que le rompía el corazón,

Juan se sumergió entre las aguas y nadó hacia abajo,

hacia el insondable azul profundo del abismo marino,

hasta que no le quedó más aire en los pulmones;

y entonces dejó de moverse,

abandonándose a las frías fuerzas oceánicas; que poco a poco, gentilmente, lo devolvieron a la superficie. 

 

 

Recuperando el oxígeno,

tomando grandes bocanadas de aire, Juan miró al sol salir por el horizonte.

 

 



 

Chorreando agua salada Juan entró a de nuevo a su casa,

caminó al baño, trató de encender la luz, pero aún no había electricidad,

se secó con un paño blanco y se vistió con un jean gastado, una camisa descolorida y se fue a la escuela a dar clases de Matemática;

ese viernes era el último día de clases de Diciembre y Patricia había organizado un almuerzo navideño para todos los alumnos y los maestros.

 

A pesar de que tenía dos días sin comer, Juan no tenía apetito, y tuvo que esforzarse por comerse los dos bollos, el pedazo de pan de jamón y la porción de ensalada de gallina que las mujeres del comedor le pusieron sobre un pequeño plato de plástico.

 

El último detalle que tendría Patricia con la comunidad escolar cochense.

 

Mientras masticaba y escuchaba las gaitas maracuchas de siempre, pensó que, si fuese Enero, Febrero, Marzo o Abril, cualquier mes menos Diciembre,

quizás toda esta situación podría haber sido más llevadera;

pero que todo sucediera en navidad, la celebración que más habían disfrutado como pareja Patricia y él, era francamente insoportable.

 

 

Sentada a su lado en la mesa, la maestra María no dejaba de azuzar a los presentes, dando opiniones polémicas sobre el presidente Maduro, sobre María Corina Machado y su premio Nobel, sobre los barcos gringos en el Caribe;

pero Juan, que usualmente era un entusiasta del debate y de las discusiones sobre política y economía nacional, apenas y si dijo alguna palabra o dos.

 

Esforzándose por ser amable, Juan se despidió de todos y cada uno de los presentes.

 

Aprovechando ese momento, María y Eduardo le invitaron a la realización de una sopa comunal la noche del día 24;

 

aunque Juan seguramente no tendría ánimos de ver a nadie, y mucho menos de salir de su casa en aquella fecha; les dijo que sí, para salir del paso e irse de la escuela.

 

 

Caminando bajo el sol inclemente, aliviado de no tener que volver a dar clases en los próximos días,

libre de la mirada escrutadora de todos sus compañeros de trabajo;

Juan caminó directo al cementerio.

 

Y al entrar al lugar,

con pasos lentos se acercó a la tumba fresca de su esposa, con una desoladora sensación de tristeza;

mascullando su nombre entre sus labios.

 

JUAN: Patricia.

 

Primero se sentó en el suelo de tierra y luego se acostó sobre ella;

la tierra sobre la fosa aún estaba suelta,

cómoda;

y poco a poco, sintiendo el calor del sol sobre la cara, se dejó vencer por el cansancio y se quedó dormido allí.

 

 

Al pasar de las horas de la tarde,

los enterradores veían inquietos a Juan,

sin saber cómo reaccionar ante su presencia en el lugar.

 
Pero ninguno de los dos hombres se atrevió a violentar su descanso,  

incluso tuvieron la deferencia con él, de no hacer ruido cuando salieron del lugar, al final de su jornada de trabajo.

 

 

 

 

Cerca de la media noche, Juan se despertó, sediento y con la piel quemada por el sol.

 

Frente a él estaba parada Patricia.

 

Los ojos de Juan se llenaron de lágrimas al verla.

 

JUAN: ¿Patricia?

 

PATRICIA: ¿Por qué no estás acostado en la cama de la casa?

 

Juan se levantó de la tumba con el corazón acelerado y caminó hasta donde estaba ella.

Ella le tocó el rostro.

 

PATRICIA: Dime algo.

 

Juan asintió.

 

PATRICIA: ¿Tú de verdad crees que yo estoy encerrada en ese ataúd, ahí bajo ese montón de tierra?

 

Juan respiró por la boca,

tratando de contener el llanto y la abrazó.

 

JUAN: No sé.

 

Juan se separó de ella y le tocó el rostro.

JUAN: ¿Estás bien?

 

Patricia asintió.

 

JUAN: ¿Qué haces aquí?

 

PATRICIA: Yo no me puedo ir dejándote así como estás…

 

JUAN: ¿Y cómo quieres que esté?
Si me dejaste solo.


PATRICIA: Tú sabes perfectamente que yo no me quería ir.

 

JUAN: Eso no cambia nada, igual te fuiste.


PATRICIA: Bien, será…

Mejor vámonos para la casa para ponerte una crema en la cara y en los brazos.

Y, me haces un favor Juan.

 

JUAN: ¿Qué favor?

 

PATRICIA: No quiero volver a verte en este lugar.

 

JUAN: Ok…

 

Los dos salieron del cementerio y caminaron hasta su casa.

 

PATRICIA: ¿Ya pusiste el arbolito?

 

JUAN: No sé si quiero poner arbolito este año.

 

Molesta.

 

PATRICIA: ¿Cómo? ¡Claro que vamos a poner el arbolito!

A ti te gusta la navidad,

a mi me gusta la navidad.

 

Juan la miró sin decir una palabra.

 

En la casa Patricia le quitó la chemise y le untó crema hidratante en el cuello, en la cara y en los brazos.

 

PATRICIA: ¿En qué estabas pensando?

¿Mmm?

Sintiendo las manos de Patricia sobre su cuerpo Juan se esforzó por no quebrarse.

 

JUAN: En nada…

 

PATRICIA: Dime.

JUAN: …Solo quería estar cerca de ti.

 

Patricia le tocó el rostro mirándole fijamente.

 

PATRICIA: Por eso estoy aquí…

 

Juan asintió mirándola cándidamente.

 

JUAN: Quería preguntarte…

¿Cómo era la receta de las croquetas de lentejas?

 

PATRICIA: Te hice esa receta todos los meses por tres años seguidos y tú nunca quisiste aprender a hacerla,

nunca…

 

JUAN: La gente de la escuela está organizando una comida para la comunidad y como tenemos todos esos paquetes de lentejas allí… Pensé que quizás podríamos llevarles algo de eso…

 

PATRICIA: Yo te enseño cómo hacerlas,

pero no te me hagas el loco y vete a buscar las cajas del arbolito, de las luces y de los adornos, que en esta casa también se va a celebrar la navidad este año.

 

Juan suspiró y la miró lleno de tristeza;

sin ganas de llevarle la contraria,

asintió.

 

Caminó al cuarto, buscó las cajas en un closet;
volvió a la sala y a regañadientes, comenzó a armar el arbolito.

 

Poco a poco y con paciencia lo cubrió de luces; y luego, con la ayuda de Patricia, le colocó uno a uno los adornos;

 

recordando dónde habían comprado cada uno de ellos, o si eran adornos que se habían llevado de sus casas natales, o que habían comprado en otras épocas de sus vidas.

 

Poco a poco el arbolito cobró vida y se llenó de luces titilantes, de bambalinas y guirnaldas de colores.

 

Juan se quedó mirándolo fijamente por unos segundos.

PATRICIA: ¿Y qué va a pasar con el pesebre?


Juan volteó a verla sorprendido.

 

JUAN: ¿También quieres poner el pesebre?

 

PATRICIA: ¿Y para eso no fue que lo compramos?

 

Juan asintió y caminó al cuarto a buscar la caja con las figuras del pesebre.

Primero armó la pequeña cabaña de madera a un lado del árbol,

luego colocó la figura de la Virgen María, la de San José, la vaca, el burro y reservó la del niño Jesús.

 

Se paró al lado de Patricia escrutando su rostro.

 

JUAN: ¿Te gusta?

 

PATRICIA: Ahora la casa se ve hermosa…

Me encanta.

¿Cómo no ibas a poner ni el arbolito, ni el pesebre…?

 

él la miró en silencio lleno de tristeza.

Notando el dolor en el rostro de Juan, ella le preguntó;

 

PATRICIA: ¿Cómo te sientes?

 

Juan negó con la cabeza.

 

PATRICIA: Tienes que ser fuerte Juancito.

 

JUAN: Yo no soy fuerte Patricia.

Yo no soy como tú.

 

PATRICIA: ¿Y entonces?

¿Qué voy a hacer contigo?

 

JUAN: ¿Tú?

Tú nada, tú te vas;

tú me dejas aquí solo…

 

Juan caminó por la sala y agarró la botella de ron y se tomó un trago, caminó al patio y abrió la puerta,
una brisa cálida le golpeó el rostro.

 

El mar frente a sus ojos estaba calmo.

 

JUAN: ¿Por qué más bien no te quedas aquí conmigo?

 

Patricia negó con la cabeza.

 

PATRICIA: No puedo Juan, no puedo…

 

Juan la miró a punto de volver a llorar y volvió a contenerse.

 

JUAN: Entonces ¿Cómo se hacen las croquetas?

 

Patricia se le acercó.

 

PATRICIA: Es muy fácil. Tienes que remojar las lentejas de un día para el otro y luego procesarlas, no licuarlas; con cebolla, ají dulce, perejil, sal y pimienta.

 

JUAN: ¿Y ya?

 

Patricia asintió.

 

JUAN: ¿Sirve que remoje las lentejas en agua salada?

 

PATRICIA: Sí, pero antes de procesarla tienes que recordar lavarlas con agua dulce.

 

JUAN: Yo sé.

PATRICIA: Bueno, pues ya estás del otro lado.

 

Juan sacó de la alacena tres paquetes de lentejas, los destapó y los dos se sentaron en la mesa de la cocina a revisarlos con paciencia;

sacándole las pequeñas piedras que siempre se cuelan en los paquetes que vienen en la bolsa Clap;

 

recordando con risas y añoranza diferentes momentos felices de su breve vida juntos;

 

al terminar pusieron a remojar todos los granos en el agua salada de un balde verde que descansaba en una esquina de la cocina.

 

JUAN: Esperemos que pase un milagro y llegue agua dulce a Coche antes del 24…

 

PATRICIA: Ojalá.

 

 

 

 

El 24 como a las 11 de la noche Juan salió de su casa y caminó por una calle llevando una pila de croquetas de lentejas fritas en una bandeja.

 

María y Eduardo se alegraron al verlo y le hicieron espacio en la mesa para que pusiera su bandeja.

 

A su alrededor el pueblo se veía animado, algunos niños patinaban, unos adolescentes se besaban en las sombras de las esquinas,

por la calle pasaban motos para arriba y para abajo y se escuchaban gaitas y reguetón por todas partes.

 

Juan, que no estaba de humor para un ambiente festivo, se escapó de la celebración apenas pudo.



 

Otra vez en la soledad de su casa, sentado solo en la cocina, se empinó la botella de ron sobre los labios.

Patricia se le acercó por la espalda y le abrazó.


PATRICIA: Ya es la hora de poner al niño.

 

Juan la miró con ojos tristes y asintió.

Se acercó a una alacena y sacó al niño Jesús de su cajita.

PATRICIA: Pídele que te de mucha vida que te quiero ver llegar a viejito…

 

Juan la miró en silencio.

 

PATRICIA: Pídeselo por favor que la vida sólo pueden pedirla los vivos.

 

JUAN: Yo no sé sí quiero llegar a viejo…

¿Para qué vivir tanto si no voy a compartir mi vida contigo?

 

Juan colocó el niño Jesús en medio de la virgen María y de San José y se persignó.

 

PATRICIA: Tienes que comenzar a pensar en buscarte a otra mujer, alguien que colabore contigo, alguien que te llegue a querer y tu puedas querer también.

 

JUAN: Patricia, podemos hablar de lo que quieras…

Pero de eso no.

¿Okey?

No quiero hablar de eso contigo.

 

PATRICIA: Estás joven Juan.
No quiero que te quedes solo por mi culpa.

 

Juan agarró una silla, abrió la puerta trasera y la recostó en dirección al horizonte marino.

 

JUAN: Antes de buscar a otra persona, yo primero tengo que volver a aprender a estar solo;

a entender que cuando entre en la casa no vas a estar tú esperándome con el pelo desordenado y esa mirada que siempre me hacía sentir bienvenido…

 

Patricia lo miró en silencio.

 

JUAN: Y yo no se cuánto me va a tomar hacer eso,

porque soy terco,

bruto,

porque yo no quiero olvidarme de ti.

 

PATRICIA: Juan, no es que me olvides,

es que entiendas que ya no voy a estar por aquí.

 

Juan se devolvió a la cocina, tomó la botella de ron y se la empinó sobre la boca.

 

JUAN: Bien. Créeme,

en eso estoy…

Tratando de entender por qué no le tocó a los vecinos vivir esto en vez de a nosotros.

Por qué Máryori está viva y ella y José Manuel siguen juntos y felices y tú y yo no.

 

PATRICIA: Ay Juan, ojalá hubiese sido distinto todo esto,

pero ese no era nuestro destino

 

Juan se empinó la botella de ron sobre la boca una vez más y permaneció en silencio.

Patricia se acercó a él y le tocó el cabello con cariño.

 

PATRICIA: Tienes que tener cuidado de no volverte un borrachito ahora que yo no voy a estar, ¿eh?

 

JUAN: Vamos a ver…

Ojalá que no…

 

 

La noche del 31, un poco antes de la media noche, Juan se asomó brevemente por la puerta de su casa.

En la calle, el ambiente era festivo;

algunos vestían con ropa de estreno,

otros con lo mismo que habían usado todo el año;

los niños gritaban y corrían alegres;

también había un tráfico inusual y un mar de motos rugían pasando de un lado al otro.

Juan cerró la puerta tras de si.

 

 

Abrió la nevera y terminó de comerse media hallaca que, más temprano, le había traído una vecina.

 

PATRICIA: No me dijiste si estaba buena o no.

 

JUAN: Las que hicimos el año pasado estaban mejores…

 

Patricia se rió.

 

PATRICIA: No se como no se pusieron ácidos esos guisos con tantos apagones…

 

Juan se quedó pensativo un momento.

 

JUAN: Debí haber aprendido a cocinar el mero al horno o el pollo guisado, que también te quedaba buenísimo…

 

PATRICIA: Cocinar no es difícil Juan, solo necesitas tener un poco de paciencia…

 

JUAN: Qué es justamente lo que yo no tengo…

Comeré solo pescado frito o asado de ahora en adelante…

 

PATRICIA: No. Mejor te empoderas y aprendes a cocinar.

 

Juan se rió.

 

JUAN: ¿Quieres tomarte un trago de fin de año?

 

Patricia negó con la cabeza.

 

PATRICIA: Tú sabes que tienes que dejarme ir ¿verdad?

 

Juan la miró sin decir una palabra, se tomó un trago de ron y volvió a preguntarle.

 

JUAN: En serio, ¿Por qué mejor no te quedas aquí conmigo?

 

PATRICIA: Las cosas no son así de fáciles Juan…

 

JUAN: ¿Qué me vas a decir?

¿El orden divino?

¿El karma?

¿Dios?

 

Patricia asintió.

 

JUAN: ¿Pero no puedes quedarte, aunque sea hasta la media noche? Ya no falta mucho…

 

Juan miró la hora en la pared, eran las 11.55 p.m. y cuando volteó a mirar a Patricia, ella ya no estaba sentada frente a él.

 

Preocupado Juan se levantó de la silla y buscó a Patricia por toda la casa.

 

JUAN: Patricia.
¡Patricia!

 

Ella no estaba en la sala,

ni ninguno de los cuartos,

ni en el baño.


Juan sintió un fuerte dolor en el pecho;

 

de pronto comenzaron a sonar cohetes y explosiones de diferentes fuegos artificiales.
Eran las 12 de la noche.

Juan abrió la puerta del patio y mirando el mar frente a él respiró profundamente una y otra vez tratando de calmarse.

 

JUAN: Patricia no te vayas sin darme un último abrazo, sin darme un último beso.

 

Juan sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza;

se desesperó.

 

Patricia le rodeó con ambos brazos por la espalda.

 

PATRICIA: Te quiero Juan Salazar.
Eres el amor de mi vida.

 

Juan tocó los brazos de Patricia con sus manos, pero cuando se volteó para abrazarla ella desapareció.

 

El dolor entonces lo golpeó de manera fulminante;

y por primera vez en todo ese proceso de duelo;

 

lloró.

 

 

 

 

 

2 comentarios:

  1. Ay! chico me hiciste llorar. Como lanzas este cuento en estas fechas...

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    1. Sergio, hermano! Estas bien? Muchos saludos del otro lado del charco, Volker

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