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sábado, 21 de marzo de 2026

El Descendiente.

Por Sergio Marcano.  

Escuchamos en el ambiente rezos y sollozos de mujeres.

 

Adán, un niño (7), de apariencia frágil y retraída, está encerrado en un cuarto poco iluminado;

sentado al borde de una cama.

 

De pronto se abre la puerta de la habitación y Rodrigo (38) el padre de Adán; un hombre blanco, de cabello y barba negra, entra en el lugar;

luce cansado y bastante preocupado,

Adán corre a su encuentro y le abraza con urgencia y cariño;

Rodrigo se arrodilla ante él y lo abraza por un momento.

 

RODRIGO: ¿Estás bien?

 

Adán asiente.

 

RODRIGO: Tenemos que ir a ver al abuelo. Pero no puedes tener miedo. ¿Ok? ¿Mmhh?

 

Adán no dice nada.

 

RODRIGO: ¿Mmhh?

 

Adán asiente con una sonrisa.

Rodrigo le mira a los ojos y le pasa una mano por la cabeza;

lo levanta entre sus brazos y lo saca de la habitación.

 

Lleva al niño a través de un oscuro y largo corredor, lleno de antiguas pinturas;

retratos de hombres y mujeres enjutos; y paisajes descoloridos,

que conduce hasta una habitación iluminada en el fondo.

 

En ella se encuentra un grupo de ancianos demacrados, rezando entre sollozos;

todos están reunidos alrededor de una cama en la que descansa Lucio (86), el abuelo de Adán, un anciano de cuerpo decrépito y moribundo;

que entona guturalmente, para sí mismo, una especie de salmo o mantra en un idioma desconocido.

 

Eloy (56), un hombre vestido con camisa blanca, pantalón y chaleco negro, es el encargado de oficiar la unción al enfermo.  

 

Cuando Rodrigo y Adán entraron a la habitación todos los presentes se apartaron, cediéndoles el paso hacia el lecho donde descansa su abuelo;

 

al notar la presencia del pequeño,

Lucio pareció recobrar un poco las fuerzas,

abrió los ojos y extendió su mano hacia él.

 

LUCIO: Adán…

 

Rodrigo puso a Adán en el suelo,

justo al lado de la cama;

el niño, un poco asustado, por la apariencia demacrada de su abuelo;

casi completamente consumido por la muerte,

dió unos pasos hacia atrás,

pero Eloy detuvo su camino.

 

ELOY: Ve a donde tú abuelo.

 

Adán miró a Lucio y luego a Rodrigo;

su padre asintió con la cabeza;

finalmente, Adán se acercó y tomó la mano de su abuelo.

 

 

Con un movimiento de fuerza repentino, Lucio tomó la pequeña mano y acercó violentamente a Adán sobre su lecho.

 

Adán se asustó y comenzó a llorar.

 

Rodrigo, intentó acercarse a rescatar al pequeño,

pero calmadamente, Edith (40) la madre de Adán, una mujer de tez pálida y cabellos negros, tomó la mano de Rodrigo con firmeza y le pidió que se tranquilizase.

 

 

Poco a poco, Lucio acercó la cara del pequeño a su rostro,

susurrando algunas palabras ininteligibles para todos los presentes en la habitación;

 

Asustado, Adán intentó una y otra vez liberarse del brazo de su abuelo, pero sus fuerzas eran inferiores a las del anciano;

 

todos los que estaban reunidos en la habitación, miraron la escena expectantes;

embriagados por una morbosa excitación.

 

En la mano izquierda, Lucio sostenía una especie de afilado aguijón metálico; que de manera repentina clavó en el pecho del niño;

Adán gritó adolorido, asustado e intentando escapar.

 

 

Rodrigo, trató de intervenir una vez más, pero esta vez fue Eloy, quien le detuvo haciéndole un cerco con su cuerpo. 

 

Lucio tomó al niño con ambas manos y lo llevó muy cerca de su boca, a donde hizo que el niño respirara directamente de su aliento;

 

Adán tosió violentamente,

como si escupiese un aire envenenado.

 

Sin más fuerzas, Lucio perdió el sentido y cayó sobre la cama.

 

Los rezos de todos los presentes en el cuarto se intensificaron en ese momento.

 

Al verse libre de las manos de su abuelo, Adán, se apresuró por alejarse de allí,

por volver a los brazos de Rodrigo.

 

Eloy se acercó a la cama, tomó una pequeña bolsa de terciopelo negro que pendía de una larga cadena en su cuello, metió dos dedos en ella y dibujó una equis gris sobre la frente de Lucio;

 

Adán corrió a los brazos de su padre,

pero fue Edith, su madre, quien lo levantó del suelo y lo cargó.

 

Lucio comenzó a tener un paro respiratorio, que hizo contorsionar todo su cuerpo, a medida que se quedaba sin oxígeno, emitiendo sonidos guturales, casi sobrehumanos, hasta que, repentinamente, murió.

 

 

Eloy, retiró el aguijón metálico de la mano de Lucio y se acercó a Edith;

colocó la pieza, junto con la cadena que le acompañaba, en el cuello de Adán y también dibujó una equis de ceniza sobre su frente.

 

 

Rodrigo se acercó a Edith y le quitó al niño de sus brazos.

Aterrado, llorando, Adán abrazó a su padre con fuerza.

 

 

Rodrigo sacó al niño de la habitación,

dejando atrás los gritos de dolor y los lamentos de todos los reunidos en el lecho de muerte.

 

 

 

En el cuarto de Adán, Rodrigo acostó a su hijo sobre su cama,

el niño estaba nervioso;

 

con aversión, Rodrigo le quitó la cadena y el aguijón metálico y lo tiró al suelo,

luego le borró la equis de la ceniza que tenía pintada en la pequeña frente;

y se acostó al lado de su hijo.

 

RODRIGO: Adán, Adán… Escúchame, ya pasó…

¿Mmmm?

 

Adán lo miró con ojos llorosos y ocultó su rostro entre el cuello y el hombro de su padre.

Rodrigo le abrazó con fuerza, acariciando su pequeña cabeza con afecto.

 

RODRIGO: Tu abuelo no quería hacerte nada malo…

Se estaba muriendo…

 

Poco a poco, el niño se tranquilizó y se quedó dormido en los brazos de su padre.

 

Rodrigo levantó la camisa de su hijo y observó consternado, la herida que tenía sobre el pecho.

 

 

 

 

A media noche Adán se despertó solo en medio de la habitación.

 

ADÁN: ¿Papá?

 

Lleno de miedo se levantó de la cama y caminó hacia la puerta,

giró lentamente la manija dorada y salió al pasillo;

 

allí, escuchó una acalorada discusión entre dos hombres y reconoció entre ellas la voz de su padre.

 

Las voces provenían de la sala;

y Adán caminó cauteloso hasta allá;

la pesada puerta del lugar estaba entrecerrada.

Pero a través de la pequeña rendija Adán logró ver a su padre, más no así a la persona con quien discutía.

 

RODRIGO: ¡No lo voy a permitir!

    

VOZ HOMBRE: ¡No hay nada que puedas hacer!  

Todo esto está fuera de tu alcance...

             

RODRIGO: ¡¡¡Adán también es mi sangre!!!

 

VOZ HOMBRE: ¡Cállate! ¡No eres nada!

 

RODRIGO: ¡¡Soy su padre!!

 

VOZ HOMBRE: ¡¡¡Adán es mucho más que solo tu hijo!!!

 

La expresión de Rodrigo cambió repentinamente.

 

Ante los ojos de Adán, Rodrigo fue atacado por una fuerza invisible que comenzó a estrangularle;

 

asustado y desesperado por ayudar a su padre, Adán comenzó a empujar la puerta con todas sus fuerzas, hasta hacerla ceder un poco, lo suficiente como para permitirle entrar a la habitación.

 

 

En el centro de la sala había una gran urna, rodeada de flores color violeta y de cirios, con velones blancos, que daba una tenue luz amarillenta.

 

Rodrigo observó a Adán por un segundo en medio de su desesperación,

e intenta decirle que se vaya del lugar, que se aleje,

pero Adán, en cambio, corrió hacía sus brazos;

asustado.

 

 

Rendido por la falta de oxígeno, Rodrigo cayó al suelo y con una de sus piernas, de manera involuntaria, tiró uno de los cuatro parales que sostenían a la urna;

entonces la pesada caja de madera perdió el equilibrio y cayó estrepitosamente al suelo, liberando de su inmovilidad al cadáver de Lucio, el abuelo de Adán.

 

El cuerpo rodó por el suelo acercándose a donde se encontraban Adán y Rodrigo.

 

Aterrorizado, Adán subió al cuerpo de su padre, llorando y gritando desesperadamente,

golpeándole con ambas manos sobre el pecho sin saber que hacer para ayudarle.

 

Rodrigo le miró preocupado, sin aliento; hasta qué, sin poder aguantar más, murió asfixiado.

 

 

El abuelo, muy próximo a ambos, parecía mirarles en completo estado de calma,

con sus grandes ojos negros completamente vidriados por la muerte. 

 

 

 

 

Una gran pintura al óleo de Lucio,

colgada en una pared en medio del pasillo,

parece observar a Adán (13) un joven, pálido y de apariencia enfermiza, mientras éste camina por la vieja casona.

 

Entre sus manos el adolescente sostiene una antigua navaja de madera y hoja de plata, que pasea por las paredes y por los viejos muebles del lugar.

 

De pronto Edith, su madre (aún de 40 años) sale de una habitación y camina directamente a su encuentro.

Está embarazada de unos siete meses y va vestida completamente de negro.

 

Al verla, Adán escondió la navaja en su espalda.

 

La mujer se paró frente a él, le miró directamente al rostro, escrutándolo con la mirada y le abofeteó violentamente, sin decir una palabra.

 

Adán apretó con fuerza la navaja y esta le cortó un poco de la piel de la palma de su mano;

no reflejó en su cara ningún tipo de expresión.


Su madre prosiguió su camino hacia el final del pasillo.

 

 

Chupando la sangre que brotaba de la palma de su mano,

Adán se dirigió a la sala y allí, ante un gran espejo de antigua apariencia, metió la punta de la navaja en el interior de su camisa y cortó, uno a uno, todos los botones que la mantenían cerrada sobre su pecho.

 

Luego la abrió y se pasó la punta de la navaja sobre la piel desnuda.

 

 

Paralizada por un derrame cerebral,

postrada en un sillón de la sala,

completamente aterrada e intranquila;

la abuela de Adán (71), una mujer obesa de cabellos blancos,

observó en el reflejo del espejo que Adán tenía frente de sí, a Lucio, el abuelo de Adán,

guiando detrás del adolescente, todos y cada uno de sus movimientos.

 

 

 

 

La pieza metálica en forma de aguijón pende sobre el pecho de Adán (30), que ahora es un hombre alto, delgado, de apariencia retraída y aséptica.

 

Adán cierra, uno a uno, los botones de su camisa y frente a un espejo se pone una chaqueta de color marrón.

 

Sale de la habitación y atraviesa el pasillo que lo lleva directo a un amplio comedor, en el que se encuentra toda su familia cenando.

 

La cabecera de la mesa está presidida por su abuela (88); a su lado está sentada Edith la madre de Adán (sin haber envejecido un solo día), ella asiste a la anciana con la comida; llevando a su boca, cucharada tras cucharada, un potaje amarillento, que la anciana desparrama de sus labios, como si fuese una bebé.

 

 

Una vez Adán entra al comedor, la abuela fija obsesivamente su mirada sobre él.

 

Ignorándola,

sin decir una palabra,

Adán se sentó en una silla vacía, frente a un plato servido en la mesa.

 

Repentinamente un bebe comenzó a llorar en la habitación;

el sonido del llanto tenía algo de bestial en sí mismo.

 

La madre de Adán, limpió la cara de la abuela con una servilleta de tela blanca, se levantó de la mesa y fue a donde estaba el niño, le cargó entre sus brazos y le calmó cantándole una canción de cuna.

 

 

Adán se levantó de la mesa sin probar un bocado;

la anciana lo siguió exhaustivamente con la mirada.

 

Su madre regresó a la mesa y se molestó al ver que no había comido un solo bocado.

EDITH: ¿A dónde vas?,

              

Adán se esforzó por no alterarse;
pero la relación con su madre nunca había sido buena,

por lo que le contestó de manera cortante.

 

ADÁN: ¡A la calle!

 

EDITH: Adán, escúchame, esta noche…

 

La voz de Edith se distorsionó hasta hacerse completamente ininteligible;

A Adán de pronto se le fueron los tiempos,

y de pronto cayó pesadamente al suelo,

sin sentido. 

 

 

 

 

El cortejo fúnebre de Rodrigo recorre las calles empedradas de un pueblo pequeño y antiguo, rodeado de montañas boscosas,

su ataúd está abierto para que todos los curiosos miren su cuerpo sin vida;

el cadáver tiene una herida en forma de equis sobre la piel de su frente.

Y sus ojos están abiertos,

completamente negros.

 

Hay una criatura grisácea, una especie de gusano o sanguijuela de gran tamaño, parcialmente enrollado sobre su cuello.

 

Eloy (79), vestido con camisa blanca, pantalón y chaleco negro recita de manera melódica:

 

ELOY : Tú que experimentaste el dolor de la muerte y resucitaste glorioso;

tú que tienes poder sobre la descomposición;

tú que eres la resurrección y la vida,

concédenos el milagro del renacimiento…

 

Te lo pedimos, Señor.

 

Y todas las ancianas vestidas de negro que rezaban y lloraban; implorando por la salvación del alma del difunto, repitieron en coro.

 

GENTE: Te lo pedimos, Señor.

 

Al final del cortejo distinguimos, a Lucio, el abuelo de Adán, vestido también con camisa blanca, pantalón y chaleco negro;

sus pies no tocan el suelo, flota, avanzando tranquilo, en medio de la multitud que se dirige al cementerio;

 

luce calmado y completamente distante del sentimiento de tristeza general que los embarga a todos;

 

de pronto, con ambas manos, abre su chaleco y su camisa dejándonos ver en su pecho, una gran herida cocida con hilo negro.

 

 

 

 

En medio de penumbras distinguimos un espacio amplio,

de paredes austeras, libres de imágenes o iconos de cualquier tipo;

hay una ventana recubierta por un pesado cortinaje color vino tinto,

un pequeño armario de madera,

y la cama en donde Adán, cabecea de lado a lado completamente alterado por la pesadilla que experimenta.

 

 

Lucio, su abuelo, está parado a su lado, mirándole dormir.

 

Del interior de su camisa, el anciano sacó una larga cadena de la que colgaba una pequeña bolsa de terciopelo negro, metió dos dedos en ella y dibujó sobre la frente de Adán una pequeña equis de ceniza;

 

Adán se despertó sobresaltado.

 

 

El abuelo no estaba más en el lugar,

Adán se sentó en la cama y se tocó la cabeza con ambas manos,

como intentando librarse de todas las visiones que acababa de tener;

 

sin siquiera notarla, borró la equis de ceniza de su frente.

 

Súbitamente, Adán se levantó de la cama, tomó su chaqueta del respaldar de una silla y salió de la habitación.

 

 

 

 

Caminando por una calle mal iluminada,

Adán escuchó tras de sí pasos y voces que llamaban su nombre en susurros. 

 

Adán…

Adán…

 

Completamente paranoico, Adán volteó a mirar el camino que dejaba atrás una y otra vez,

sólo para confirmar, que la calle estaba desierta;

 

Adán aceleró sus pasos.

 



Bajo un poste de luz,

tan solo unos metros más allá,

Adán descubrió a un hombre tirado en el suelo, que se retorcía, intentando liberarse con ambas manos de una criatura negra, con forma de gusano o sanguijuela, que le cubría el cuello, la boca y la nariz, robando toda su respiración;

el mismo invertebrado que vio en el sueño de su padre.

 

Adán aceleró sus pasos, dudando si aquello que observaba es real o estaba en su imaginación.

 

 

Completamente alterado, respiró una y otra vez, tratando de calmarse,

se detuvo un momento,

sacó la navaja del bolsillo de su pantalón, la abrió, y se cortó con ella, la piel de la palma de su mano izquierda.

 

El dolor hizo cesar todo el sonido de la calle,

y Adán se calmó un poco;

 

pero de pronto;

una energía invisible atacó a Adán, agarrándole por el cuello y tirándole violentamente contra el suelo.

 

Adán se resistió a la energía sobrenatural con toda su fuerza;

pero poco a poco, esta energía le doblegó, eliminando todos sus movimientos, dejándole completamente paralizado; tendido sobre el pavimento.

 

Adán perdió el conocimiento.

 

 

 

De pronto,

solo un momento después,

Adán abrió los ojos y volvió en sí;

 

sus facciones cambiaban en rictus nervioso,

sus manos temblaban;

 

lentamente Adán se incorporó del suelo,

miró a su alrededor,

dió un paso,

otro.

 

Su postura ahora era es más firme,

su expresión, completamente distinta;

más aplomada y segura.

 

 

A lo lejos se escuchó el traqueteo de un tren, y acto seguido, el tren pasó en la distancia.

 

 

 

En el interior del tren, sentado al lado de una ventana, Adán miró el paisaje cada vez menos urbano.

De pronto el tren entró a un túnel y Adán quedó frente a frente a su reflejo en la ventanilla del vagón.

 

Se tocó el rostro, el pelo, mirándose a los ojos.

Y se rió,

trató de contenerse,

de no reír,

pero se rió una vez más.

 

Eloy (79) y otro anciano (76) vestidos con camisa blanca, pantalón y chaleco negro, lo miraban con curiosidad desde el fondo del vagón. 

 

 

Los tres hombres salieron de la estación de trenes y caminaron a través de diferentes calles, hasta llegar a la salida del pueblo.

Sin decir una palabra, Eloy sacó un cuchillo de su pantalón e intentó atacar a Adán.

 

 

Adán se arrancó del cuello la pieza metálica en forma de aguijón y hábilmente, con ambas manos, la hizo girar, estirándola hasta convertirla en un arma punzante, que clavó, con mano firme y sin miramientos, en el corazón de su atacante.

 

 

 

Justo en ese mismo momento un dolor terrible pareció golpear a Adán en el pecho, que retrocedió sobre sus pasos, mientras que Eloy caía al suelo agonizante.

 

 

Instintivamente Adán se quitó la camisa, palpándose la piel sobre su pecho;

se acercó al cadáver de Eloy, sacó violentamente el aguijón de metal de su cuerpo inerte y sacudió la sangre del anciano contra el suelo.

 

Con la punta ensangrentada del aguijón hizo una incisión en la piel de su pecho,

entonces abrió su piel con los dedos de sus dos manos y dentro de la herida,

incrustado en el esternón,

encontró otra pieza metálica, exactamente igual al aguijón que sostenía en su mano derecha,

con esfuerzo y dolor lo sacó de su cuerpo.

 

Lleno de asombro Adán miró la nueva pieza metálica, ensangrentada sobre la palma de su mano.

 

La limpió con los dedos y la estiró como la otra para luego juntarlas por la base.

 

Ambos aguijones daban la impresión de formar una media luna, o una pareja de cuernos.

 

 

Adán comenzó a reír de manera irracional al ver aquello;

y con una expresión triunfal en el rostro,

exhibió las piezas a la luna llena que brillaba en el firmamento despejado;

 

un fuerte viento, sacudió el lugar.

 

Adán volteó a mirar al anciano, quién había estado mirando todo aquello, sorprendido y lleno de temor;

 

el hombre se arrodilló ante él.

 

ANCIANO: Mi Sr.

 

Adán se le acercó, lo agarró por ambos brazos y lo levantó del suelo.

El anciano lo miró con reverencia.

 

ADÁN: Vamos. Todos esperan por nosotros…

 

ANCIANO: ¿Está bien?

 

Le pregunta señalando la herida.

Adán asiente. 

 

ADÁN: ¡Claro que estoy bien!

Este dolor, esta sangre, es la prueba de que estoy vivo.

¡De que la vida es una bendición!

 

Los dos hombres echaron a andar por un largo camino hasta llegar ante la cerca de madera de una granja.

 

El anciano tomó una lámpara de querosén, escondida entre los arbustos y la encendió con cierta dificultad, por el viento que soplaba a su alrededor.

 

Adán abrió la cerca de madera y caminó directamente a la puerta de la edificación principal.

 

Una vez dentro, Adán y el anciano caminaron a través de un espacio abandonado, casi derruido,

hasta llegar a una pequeña habitación.

El anciano colocó la lámpara sobre una desvencijada mesa de madera, mientras que Adán se quitaba la camisa y la chaqueta ensangrentada.

 

El anciano se acercó a un gran baúl metálico tallado con grabados y extrañas inscripciones y de allí sacó un pequeño cofre de madera el cual entregó a Adán;

 

 

Adán enhebró una fina aguja de plata, con hilo negro que sacó del cofre de madera;

y disfrutando morbosamente del dolor que experimentaba, puntada a puntada,

se cosió, en carne cruda,

la herida en su pecho.

 

El anciano rompió un pedazo de tela blanca y,

cuando Adán terminó,

comenzó a colocárselo a modo de venda alrededor del torso;

 

mientras que Adán lavaba la sangre de sus manos y de los aguijones de metal en un cubo de madera.

 

Una vez terminó de hacer el vendaje improvisado,

el anciano sacó del interior de su camisa una larga cadena que pendía de su cuello,

de ella colgaba una llave, junto a una pequeña bolsa de terciopelo negro.

 

Se acercó a un antiguo escaparate de madera,

lo abrió y extrajo cuidadosamente de el, una larga túnica de terciopelo negro con capucha;

Adán miró el traje complacido,

Y el anciano le ayudó a vestirlo.

 

Una vez Adán estuvo listo,

el anciano tomó la lámpara y descendió por unas escaleras y abrió una puerta que daba a un amplio y lujoso salón;

Adán enganchó el segundo aguijón a la cadena del primero y se los colocó los dos en el cuello, sobre la túnica negra y

descendió por las escaleras.

 

 

En silencio, un grupo de personas, vestidas también con túnicas de color negro esperaban la llegada de Adán.

 

El joven y el anciano entraron en la habitación y la puerta se cerró lentamente tras de ellos.

 


 

 

Fin.

 

 

 

(Basado en el guion “El Descendiente” de Sergio Marcano)