Antes de que amaneciera, David (53) se levantó de la cama;
aunque la casa estaba en tinieblas, caminó con pasos firmes a la cocina, sacó una taza de agua de un contenedor y la vertió en una olla pequeña, le echó una cucharada de café y caminó al patio;
acomodó las ramas secas de un fogón de bloques anaranjados, arrojó un pequeño chorro de querosene sobre ellas, encendió un fósforo y una llama amarilla comenzó a iluminarlo todo.
En un par de
minutos el café hirvió,
David tomó la olla con cuidado,
la llevó de vuelta a la cocina y allí coló el café en una manga.
Con una taza de peltre entre las manos David volvió con pasos calmos al patio y se sentó en una silla de madera y cuero, concentrándose sorbo a sorbo en el sabor amargo de la bebida caliente.





