Por Sergio Marcano.
Juan Francisco nunca sirvió para el liceo.
No era por falta de inteligencia, porque él siempre
fue un muchacho bien despierto, sino simplemente porque no le gustaba estudiar.
Cuando se decidió a dejar de ir al
bachillerato estaba por presentar los exámenes finales del segundo año.
Su madre, Josefina Morales, fue muy enfática
al momento de decirle que si no servía para el estudio, tendría que servir para
trabajar; pero que en su casa no se quedaría sin hacer nada.
Lleno de orgullo, pero decidido a no volver al
salón de clases, Juan Francisco comenzó a buscar trabajo.
Primero probó suerte en los campos de cultivo;
en donde colaboraba en todo lo que hiciera falta, sembrando, cosechando, atendiendo
a las vacas, los cerdos, las cabras y las gallinas.
Luego como caletero en el mercado municipal,
descargando la mercancía de los camiones, reces, pollos, verduras, frutas.
Pero en ninguno de esos trabajos se sintió a
gusto.
Ni tampoco ganó mucho dinero.
Entonces, por referencia de su vecina, la
señora María Lorena de Avendaño, Juan Francisco conoció al Sr. Alberto Montero.
Un hombre ya mayor, de pocas palabras y apariencia sencilla. Una persona muy respetada
en la comunidad, porque siempre ayudó desinteresadamente a todos lo que necesitaron
de él en los 50 años que llevaba como sepulturero.
Y tan solo unas horas después de ese breve
encuentro; justo al amanecer del día siguiente, Juan Francisco comenzó a
trabajar como su ayudante en el campo santo; primero desmalezando, luego abriendo
huecos y zanjas de distintos tamaños, todo esto según se fuera necesitando.
De eso hace hoy ya 23 años.
Si bien Juan Francisco no estaba acostumbrado a
hacer trabajo tan pesado -tenía solo 13 años recién cumplidos en ese momento- poco
a poco se fue amañando a las labores del campo santo.
Había algo en el silencio que se respiraba en
aquel lugar lleno de cruces, de estatuas de ángeles y de santos, que le llenaba
de paz y que incluso le hacía sentir cómodo.
Así que sin mucho esfuerzo, justo antes del
amanecer, Juan Francisco se levantaba, se vestía y salía de su casa para irse a
trabajar.
Al Sr. Montero, no
le costó agarrarle confianza y hasta cariño, a aquel muchachito resuelto y respetuoso
que ahora se aparecía a colaborar con él todos los días.
Las semanas y los meses pasaron como suelen
hacerlo y Juan Francisco fue promovido de ayudante a albañil. Lo que implicaba las
mismas tareas, pero con un salario mensual fijo.
Eso mejoró considerablemente la paga recibida
hasta ese momento, que desde la primera quincena había dependido única y
exclusivamente de la colaboración solidaria de sus compañeros de trabajo.
Con parte del dinero de ese primer sueldo,
Juan Francisco se compró un sombrero de cuero con visera ancha, para no coger
tanto sol; y un par de guantes de tela gruesa, para que le protegiera las manos
cuando usaba el machete para desmalezar y el pico y la pala para abrir las fosas
de los difuntos.
Con el resto del dinero invitó a su madre y a
su hermana al único restaurante del pueblo.
Un lugar del que habían oído hablar, pero al
que nunca habían entrado.
Allí, luego de leer con detenimiento el
modesto menú y de sacar cuentas en su cabeza una y otra vez, Juan Francisco se
decidió por el pollo con arroz como plato principal y la ensalada rayada y las
tajadas de plátano frito como contornos; pero además de eso pidió dos raciones
de papas fritas, tres refrescos de cola y conserva de manga como postre para
todos.
Su madre y su hermana lo miraban con orgullo.
Al momento de pagar la cuenta, Juan Francisco estaba
tan feliz que no cabía dentro de su propio pecho.
Esa noche, antes de acostarse a descansar, Juan
Francisco se sintió por primera vez como el hombre de la casa y desde ese momento
en adelante su vida comenzó a tener un propósito claro.
…
Al cabo de unos tres años, en su mayoría de
días apacibles y tranquilos, el Sr. Montero enfermó de cáncer y de un momento a
otro pasó a mejor vida.
Alma
bendita, ¡Qué Dios lo tenga en la gloria!
Esa fue la primera muerte cercana a Juan
Francisco y con ella experimentó ese dolor profundo con sobreviene a la partida
de los seres más queridos.
Juan Francisco, que nunca ha sido muy dado a
expresar sus emociones, fue uno de los que ayudó a cargar la urna del Sr.
Montero de la casa de su familia a la iglesia y de la iglesia al campo santo.
Allí, rodeado por un numeroso grupo de
conocidos, allegados, seres queridos y familiares; los trabajadores del campo
santo lo pusieron a descansar debajo de la sombra de un árbol centenario; en una
fosa especial que el mismo Sr. Montero había escogido, pagado y preparado con
el paso de los años para cuando llegase ese momento.
Sobre su lapida de piedra natural, en una
inscripción cuidadosamente tallada, podía leerse una frase del profeta Isaías:
Los
que van por el camino recto mueren en
paz
y hallan reposo en su lecho de muerte
(Isaías 57:2)
…
Esa misma semana llamaron a Juan Francisco, a
quién aún le faltaban varios años para cumplir la mayoría de edad, y le
preguntaron si quería agarrar el trabajo de sepulturero en jefe. Lo que implicaba
hacerse responsable del campo santo y un aumento de sueldo considerable.
Justo en esos días muchos de sus antiguos
compañeros de clases se graduaban de bachiller y fiesteaban por el pueblo
ufanándose de sus logros en los estudios.
Juan Francisco tuvo la sensación de que el
campo santo le abría las puertas para recibirlo y decidió aceptar su
responsabilidad.
…
Con el paso de los años hubo dos ocasiones en las
que Juan Francisco intentó probar suerte en otros trabajos.
Tres meses laboró en una fábrica de empresas
Polar y luego cuatro meses como vigilante en un centro comercial; pero de los
dos trabajos renunció por las mismas razones, no le gustaba que le repitieran
una y otra vez lo que tenía que hacer, ni tampoco trabajar bajo presión.
En el campo santo él hacía lo que había que
hacer sin estrés y a su propio ritmo.
Nadie le mandaba, le gritaba y mucho menos le humillaban.
Y esa libertad, esa paz mental, como sea que Juan
Francisco la mirase, no tenía punto de comparación.
También, ya para ese momento, a pesar de su
corta edad, era él quién estaba a cargo y tenía a su disposición el trabajo
comprometido de Pedro, el otro sepulturero y de dos albañiles, González y
Luzardo, quiénes le respetaban como a un familiar cercano.
¿Así que para que querer cambiar lo que ya
estaba bien?
…
Aunque Juan Francisco normalmente prefiere no
hablar de lo que no es de este plano, él es 100% devoto a las ánimas de los
difuntos.
Y aunque hay muchos que no creen en esas cosas,
no es poco lo que él ha visto y vivido allí en el campo santo; sobre todo
cuando llega Noviembre, el mes de las ánimas.
Es por eso que no hay un día en que no llame a
las ánimas benditas.
Que no les rece un Credo, un Ave María o un
Padre Nuestro; pidiendo por salud y fortaleza para aguantar el trabajo.
…
Cuando la pandemia estaba en su momento más álgido
hubo muchos entierros de madrugada. Y no fueron pocas las veces en las que buscaron
a Juan Francisco directo allá en su casa.
Al gordo Rafael, que trabajó toda su vida en
la biblioteca del pueblo, se lo trajeron un martes a media noche y lo tiraron
ahí mismo en la puerta del campo santo. ¿Y
como iba a ser diferente? Si ese hombre siempre alejó con amargura y malos
tratos a todos los que tuvo en vida a su alrededor…
A esas horas, Juan Francisco le tocó vestirse
y salir a buscar al otro sepulturero y a los dos albañiles, para que entre los
cuatro cargaran la pesada urna y la enterrasen.
Pero la mayoría de los difuntos que llegaron en
esos meses venían del ancianato y al igual que el gordo Rafael, tampoco tenían
parientes ni cercanos, ni lejanos; ni nadie que dijera una oración por su
descanso.
En esos momentos, iluminados tan solo por la
luz de la luna, Juan Francisco y quién le acompañase, rezaban el rosario, mientras
hacían el trabajo de poner al difunto bajo tierra.
Todos tenían muy claro que lo que iba en la
urna era un ser humano y que alguien tenía que decir algo por el descanso de su
alma eterna.
Hubo una familia, los Arellano, que murieron todos
el mismo día por falta de oxígeno: la señora, el señor y sus dos hijos. Y lo
mismo pasó frente a la Plaza Bolívar, en una misma noche se murió la profesora Del
Pilar, su hermana la flaquita y el Sr. Eduardo, el papá de ambas.
Por esos días mucha
gente se apartaba del camino cuando se encontraba a Juan Francisco y a
cualquiera de los trabajadores del campo santo.
Muchos creían que
los sepultureros serían los primeros en contagiarse de Covid y morir de la
enfermedad.
Pero la devoción de todos ellos por las ánimas
de los difuntos es muy grande y allí siguen, sanos y fuertes trabajando a la
hora que se les necesite.
Ni una gripecita han tenido en todo este
tiempo después de la pandemia.
Y ellos tienen claro a quiénes le deben ese
milagro.
Me encantan tus cuentos
ResponderEliminarInteresante darle un rostro humano a este tipo de personajes tan cercanos a la muerte
ResponderEliminarWoaooooo, Sergio me encantó, no sabía que escribías 😊
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