Antes de que amaneciera, David (53) se levantó de la cama;
aunque la casa estaba en tinieblas, caminó con pasos firmes a la cocina, sacó una taza de agua de un contenedor y la vertió en una olla pequeña, le echó una cucharada de café y caminó al patio;
acomodó las ramas secas de un fogón de bloques anaranjados, arrojó un pequeño chorro de querosene sobre ellas, encendió un fósforo y una llama amarilla comenzó a iluminarlo todo.
En un par de
minutos el café hirvió,
David tomó la olla con cuidado,
la llevó de vuelta a la cocina y allí coló el café en una manga.
Con una taza de peltre entre las manos David volvió con pasos calmos al patio y se sentó en una silla de madera y cuero, concentrándose sorbo a sorbo en el sabor amargo de la bebida caliente.
Y de pronto, sin buscarlo,
pensó en el choque,
en el vértigo de las tres vueltas que dio el carro,
en como el metal se doblaba rápidamente,
como si fuera líquido,
enterrándose en sus entrañas,
en las entrañas de su mujer,
en toda la sangre que vino luego; cuando salían del carro, aturdidos y desorientados, en ese camino oscuro y de tierra;
en el viaje eterno de la ambulancia,
en la cara circunspecta del joven doctor en el hospital cuando le anunció que no había podido hacer nada, que su mujer estaba muerta.
en el momento en el que le dieron sus cenizas luego de la cremación.
Suspiró consternado, con ganas de llorar,
y sorbiendo un trago de café sintió de nuevo ese dolor punzante en el pecho, en su cabeza,
esa ausencia feroz que nunca sanaría.
La llama del fogón poco a poco se extinguió frente a sus ojos.
Y el amanecer comenzó a asomarse por el horizonte, iluminándolo todo a su alrededor.
Llenándose de energías se levantó de la silla, tomó una bolsa con maíz picado, guindada a un lado de la puerta, entró al gallinero y arrojó un poco al suelo;
todas las
gallinas se alborotaron picoteando apresuradamente los granos partidos;
David aprovechó esa distracción para agarrar tres huevos de los nidos de las ponedoras; los rompió uno a uno contra en un palo de la cerca y allí mismo se los tomó crudos.
Saliendo del gallinero se colgó en el pecho un mapire de cogollo, sucio y remendado, y caminó por la huerta; que era un terreno amplio, con árboles altos y frondosos de diferentes tipos de mango, de tamarindo, de naranja, limón, onoto, pan del año y níspero; árboles que habían sido sembrados allí, primero por su abuelo, antes de que él naciera, y luego por su padre, cuando era un niño en los 70s.
Un espacio de tierra muy fértil que terminaba en la ribera de un río, que en esa época del año estaba completamente seco,
pero en donde se podía ver el horizonte y a donde le gustaba sentarse;
a pensar o a no pensar,
a simplemente existir.
Ya en el lugar, notó que algún amigo de lo ajeno se había llevado una auyama que estaba creciendo justo al lado de la cerca que delimitaba la huerta,
eso no le hubiese importado en lo más mínimo, si no hubiesen pisoteado toda la enredadera, destruyendo las flores y los botones de los nuevos retoños.
¿Qué
necesidad había de hacer aquello?
Resopló indignado, pero solo un momento después pensó que a pesar de toda la
pobreza que había traído consigo los años de revolución a Venezuela, ese pueblo
se había mantenido relativamente sano, quizás porque la mayoría de los jóvenes venían
de familias honestas de agricultores; y porque todos aquellos que no pactaban
con esa forma sencilla de vivir que había en San Juan Bautista, se iban del
lugar a penas podían a buscar un mejor presente y futuro.
Por eso la mayoría de la gente que vivía allí ahora era gente vieja como él.
De regreso a la casa rompió y recogió ramas secas de varios árboles y las partió para usarlas como leña y con un garabato, tumbó unos mangos que guardó en el mapire.
Ya en el patio de la casa juntó toda la leña que tenía y la amarró en un bulto mediano;
y salió a la calle con todo eso.
…
En la plaza del pueblo había una mesa comunal y poco a poco comenzaban a llegar los vecinos, trayendo verduras y vegetales, para comenzar a preparar el almuerzo de los más necesitados.
David saludó con amabilidad al grupo de mujeres que, sentadas una muy cerca de
la otra, cortaban verduras y desplumaban y destripaban dos pollos;
dejó los mangos sobre la mesa y se avocó a armar una pila de leña, entre los seis bloques sobre los que se colocaba diariamente la gran olla de aluminio.
Unas 60 personas almorzaron allí ese día.
…
Como a las 5 de la tarde, David leía un libro;
acostado en una hamaca, sin camisa, tranquilo;
cuando escuchó que tocaban a la puerta de su casa,
extrañado, se pasó ambas manos por la cabeza ordenando un poco sus cabellos y su barba,
entonces caminó a abrir la puerta.
En la calle estaba Pablo (53),
un amigo de la infancia, a quién tenía, al menos, 37 años sin ver; la sorpresa aceleró el corazón a David en un instante.
Lleno de emoción, Pablo se acercó a él y lo abrazó; David lo rodeó con sus brazos también.
DAVID: ¿Qué haces aquí?
PABLO: La Sra. Camila me dijo que estabas en tu casa.
DAVID: No, aquí en el pueblo;
pensé que nunca volverías a San Juan Bautista.
PABLO: Vine a ver la casa, para arreglar lo que haya que arreglar y ponerla a la venta.
David asintió.
Pablo lo miró fijamente.
PABLO: Te sientan bien las canas.
DAVID: A nadie le sientan bien las canas.
¡Y tú estás redondo!
Pablo se rió.
PABLO: Ayayayay…
DAVID: ¿La buena vida?
PABLO: …A lo mejor…
Pero ¿Qué estás haciendo tú aquí?
DAVID: Yo tengo ya unos 3 años viviendo en el pueblo.
PABLO: ¿Haciendo qué?
DAVID: Nada,
me harté de todo,
vendí en Barquisimeto y me vine para acá a cultivar y a cuidar unos animalitos…
PABLO: ¿Estás ocupado?
David negó con la cabeza.
PABLO: ¿Puedes acompañarme a la casa?
No quiero ni entrar a ese lugar…
Pablo lo miró con una sonrisa,
alegre de volver a verlo;
David, aún impresionado por estar frente a él después de tantos años, asintió.
DAVID: Déjame ponerme una franela.
…
Unos kilómetros más arriba en el pueblo,
casi a las faldas del cerro;
mientras Pablo abría la reja y la puerta de madera de su casa.
DAVID: Pensé que vendrías al pueblo hace dos años cuando murió tu padre.
PABLO: No, yo estaba en España cuando mi papá se murió...
Pero ese Sr. y yo teníamos años que no nos hablábamos,
años sin vernos.
David asiente.
Pablo se acercó a un interruptor cerca de la entrada y trató de encender el bombillo de la sala.
PABLO: No hay electricidad.
DAVID: Sí…
Hace unos dos días que no hay…
PABLO: ¿Y la gente no se queja?
DAVID: A veces, pero nadie les hace caso…
En este país los únicos que tienen derecho a electricidad y agua son los
caraqueños…
Pablo se ríe.
PABLO: Eso es verdad…
Se acercó a unas ventanas de madera y las abrió una a una.
PABLO: Caracas es la sucursal del cielo…
Poco a poco el espacio se llenó de luz;
el lugar estaba cubierto de polvo.
DAVID: Después de que se me quemó la nevera, yo mismo dejé de necesitar electricidad;
Bueno, a veces me acuerdo de cargar el teléfono…
Pero ahora vivo
como vivió mi abuelo…
Tranquilo.
PABLO: Coño, pero es que a mí me gusta el internet y veo películas y series y oigo música y leo noticias…
A ti te gustaban algunas de esas cosas antes.
DAVID: En otras épocas…
Pero bueno, ya no…
Ahora me conformo con leer un libro,
con ver crecer los tomates…
Pablo se ríe.
PABLO: ¡No joda!
Eres como un monje budista.
Los dos caminaron al patio trasero.
DAVID: El patio de tu casa siempre me
pareció hermoso.
¡Y esa piscina!
Ufff.
PABLO: Yo me acuerdo que una vez te ibas ahogando en esa piscina.
David se ríe.
DAVID: Yo aprendí a nadar en esta casa.
Los dos se acercan al borde de la piscina que ahora está despintada y parcialmente llena con un agua verdosa, cubierta de limo y plagada con larvas de zancudos.
DAVID: De aquí es de donde vienen todos los zancudos del pueblo.
Hay que echar cloro en esta agua.
Pablo sonríe.
PABLO: Que raro es volver a verte aquí en la casa.
DAVID: Yo pensé que nunca volvería a entrar a este lugar…
Los dos se miran brevemente en silencio.
DAVID: ¿En serio vas a venderla?
PABLO: Lo he estado pensando, pero de pronto contigo aquí,
y con ese cerro allá atrás…
David se volteó a ver el cerro, que en esta época del año estaba casi completamente amarillo.
DAVID: Por supuesto que los araguaneyes te recibieron florecidos.
PABLO: ¡Es bello este lugar!
DAVID: Sí, es un lugar pintoresco…
PABLO: ¿Tú bebes?
DAVID: En otra vida…
PABLO: ¿Nos tomamos un trago?
David asiente.
PABLO: Vamos a ver que tiene mi papá en el
bar.
Creo que él bebía ron.
Pablo caminó a la casa y David lo siguió de cerca;
abrió un bar de madera en medio de la sala de par en par;
adentro encontró unas cuatro botellas de ron aún con sus cubiertas de cuero intactas.
Tomó una de ellas y la descorchó.
PABLO: Mira, Aniversario;
mi papá tomaba buen ron.
Tomó dos
vasos e intentó lavarlos en el lavadero del bar, pero no salió agua de la llave.
Sorprendido.
PABLO: ¿Tampoco hay agua?
DAVID: No…
Llega en unos 20 días…
Pablo se rió.
PABLO: ¡No me jodas!
¡Así no se puede vivir!
DAVID: Háblame al respecto…
PABLO: ¡Caracas y lo demás es monte y culebra!
Pablo se rió una vez más.
DAVID: Esa frase solo le da risa a los caraqueños.
PABLO: Yo no soy caraqueño y me da risa.
Sirvió un chorro de ron en los vasos y los limpió con el líquido ambarino;
botó el líquido sucio al suelo.
PABLO: Para los muertos.
Los enjuagó una vez más y los llenó hasta la mitad de ron.
Le entregó el vaso a David.
PABLO: Salud Sr. David.
DAVID: Salud Sr. Pablo.
Los dos se miraron brevemente, como escrutando los pensamientos del uno y del otro, hasta que Pablo rompió el silencio.
PABLO: Vamos para afuera.
Agarra una silla.
Los dos caminaron y se sentaron bajo una mata de manga en medio del patio.
PABLO: ¿Te acordaste de mí alguna vez en todos estos años?
David asintió y lo miró de manera franca.
DAVID: San Juan Bautista sin Pablo Fernández no es San Juan Bautista;
fuiste el primer pensamiento que tuve cuando volví al pueblo, cuando regresé por curiosidad a los lugares por donde andábamos cuando éramos chamos…
PABLO: ¿Por qué no me llamaste nunca?
DAVID: ¿Por qué no me llamaste tú?
En ese momento entró una anciana a la casa, la Sra. Camila (77) una mujer delgada, con el cabello recogido meticulosamente debajo de un pañuelo de color rojo;
la mujer que se encargaba de regar las matas y de limpiar la casa.
SRA. CAMILA:
Buenas tardes Sr.
Pablo.
Permiso.
Saludó a David con un gesto que David le respondió de vuelta.
SRA. CAMILA: ¿Me permite unas palabras?
PABLO: Claro;
dame un momento David.
Pablo se levantó a atenderla.
David tomó un sorbo de su trago y miró con detalle el patio a su alrededor, en el lugar había un olor dulzón y el suelo estaba parcialmente cubierto por los pétalos fucsia de las flores de tres matas de pomalaca.
Pensó que esa casa estaba llena de muy buenos y malos recuerdos.
Solo unos momentos después Pablo volvió a su lado, sacándolo de sus pensamientos.
PABLO: ¿Puedes acompañarme a Juan Griego?
Tengo que buscar un par de cosas para que puedan hacer un trabajo de plomería que reactive el tanque de agua…
Si tienes tiempo, por supuesto,
no me quiero imponer de ninguna manera…
Pero así seguimos hablando un rato…
David asiente.
DAVID: Vamos… A mí también me gustaría poder seguir hablando contigo…
Ambos subieron a la camioneta negra de Pablo.
…
A toda velocidad por una larga carretera.
PABLO: Yo no soy un estudioso de las invasiones gringas, pero al parecer,
según dicen los expertos,
en todos los lugares en donde han sucedido, la cosa siempre termina mal…
DAVID: Los gringos podrán no entendernos...
Ni saber nada de nuestra cultura,
y Trump dejó bien claro que estaba aquí por el petróleo…
Pero aun así, a los revolucionarios castristas, chavomaduristas que estuvieron en el poder por casi 30 años, no les interesaba nada más allá de forrarse y hacerse millonarios,
y yo no tendría problemas con eso, si no hubiesen sido tan malos gerentes, si no hubiesen elegido voluntariamente hacer miserable la vida de toda la población; mi vida…
Con una sonrisa al escuchar a David.
PABLO: Pero ¡tú te volviste todo un político!
Yo creo que serías un buen alcalde del Municipio Díaz.
David se ríe.
DAVID: Lo he estado pensando.
Hasta bien creo que lo haría…
PABLO: Al final todo lo que le pasó a Venezuela es parte de una pelea por cambiar el orden mundial…
los cubanos, los iraníes, los chinos, los israelíes, los rusos, los gringos…
No importa si son de izquierda o de derecha o unos fanáticos religiosos…
¡Todos quieren
dominar el mundo y todos son unos psicópatas!
DAVID: Sí…
Que mal karma tiene este planeta…
PABLO: Vamos a comprar agua, hielo y algo de picar.
DAVID: Yo soy aún más pobre que cuando nos
conocimos…
Así que no podré ayudarte a comprar nada.
PABLO: No te preocupes… Mi papá fue
inteligente y sacó todos sus dólares de Venezuela apenas Chávez llegó al poder,
yo creo que alguien debe haberlo dateado…
Porque ese hombre nunca sufrió de inteligencia.
David se rió
al escuchar aquello.
…
Como a las 9 de la noche, ya de vuelta en la casa de Pablo, el calor era insoportable;
húmedo, pegajoso; abrumador,
De esos calores que te hacen difícil hasta producir un pensamiento…
Mientras Pablo servía unos tragos;
David caminó hacia el cuarto de Pablo, iluminando su camino con la luz de su modesto celular,
abrió la puerta y entró al lugar mirándolo con detalle;
caminó directo hacia un closet y con cierto esfuerzo lo movió un poco hacia adelante,
detrás del mueble, había un agujero en la pared y escondidas allí, estaban tres películas de VHS.
Pablo llegó al cuarto con los dos rones en las manos.
David miró las películas intercambiándolas una sobre la otra;
aunque los colores habían desaparecido casi en su totalidad, aún podían verse las fotos y leerse los nombres de las cintas: Taboo, Sharon y Jamie Loves Jeff.
DAVID: Nunca devolvimos estas películas al videoclub…
PABLO: Coño…
DAVID: El hijo de puta de Luis Alberto, a pesar de que yo les pagué las tres películas,
nunca me volvió a alquilar otra porno.
Así que me
las llevo…
Son mías.
PABLO: Bien…
Pablo le entregó el trago y David lo agarró.
PABLO: Yo dejé demasiados cabos sueltos cuando me mandaron para Caracas…
Si ni siquiera me dejaron despedirme de ti…
Pablo lo miró intensamente y David le evitó la mirada.
DAVID: Yo lo entendí todo;
yo sabía que no era tu culpa.
Pablo asiente.
De manera
repentina se encendieron las luces de la sala.
Sorprendido.
PABLO: ¡Llegó la luz!
DAVID: Es buen momento para que pongas a cargar tu teléfono.
PABLO: Voy.
Los dos salieron del cuarto; Pablo tomó el cargador que tenía sobre el bar, conectó el teléfono y lo enchufó de la pared.
DAVID: ¿Vamos afuera?
Esto está demasiado caliente.
Los dos hombres se sentaron en el porche de la casa, debajo de un frondoso árbol de trinitaria, cubierto de flores de color vinotinto.
Algunos niños jugaban en la calle frente a ellos.
De pronto, el bombillo del poste de la esquina comenzó a brillar cada vez con más fuerza hasta que estalló.
Todos los niños que estaban en la calle se asustaron con la explosión repentina y rieron a carcajadas;
de pronto, una lluvia de chispas blancas y doradas comenzó a caer de un lado al otro del tendido eléctrico;
David y Pablo se pararon de las sillas, con el corazón acelerado; caminaron a la entrada del porche y se quedaron mirando aquello, mitad hipnotizados y mitad sorprendidos.
PABLO: Parecen fuegos artificiales…
DAVID: Sí…
Emocionados, un par de niños temerarios corrieron cerca de las chispas.
DAVID/PABLO: ¡Epa, carajitos! ¡Cuidado que se queman!
Los dos hombres se miraron el uno al otro riendo.
PABLO: Comandos para-paternales.
David sonrió conociendo la referencia del comentario.
DAVID: ¡Mafalda!
Pablo asiente.
Entonces hubo una explosión más fuerte y el transformador en lo alto del poste se incendió con una llamarada intensa.
Todos los niños gritaron y rieron excitados corriendo de arriba a abajo por la calle,
aquello era claramente un momento emocionante, en un lugar en el que nunca pasaba nada; sobre todo para aquellos niños que habían crecido en una realidad con tantas privaciones y carestías.
El pueblo, de manera instantánea, se sumió en una oscuridad total.
DAVID: ¡Ahora si es verdad que no vuelve más nunca la electricidad a San Juan Bautista!
Entonces lo que comenzó a escucharse, a lo largo y ancho del pueblo, fue un cacerolazo, salpicado con improperios y maldiciones hacia el nuevo Gobierno Bolivariano/Gringo.
Pablo miró a su alrededor sorprendido por la protesta.
Un poco irritado por toda la situación.
DAVID: ¿Nos servimos otro trago de ron?
Pablo asintió.
Los dos hombres caminaron al interior de la casa.
PABLO: Estaba pensando que la última vez que te vi no te habías afeitado por primera vez.
DAVID: Éramos unos carajitos la última vez que nos vimos.
Pablo sirvió generosamente otro trago de ron para los dos;
entregándole el vaso a David, se paró muy cerca de él y le dijo sin ambages.
PABLO: No creo que nunca me haya besado con otra persona, como me besé contigo.
David se sorprendió al escuchar el comentario y retrocedió un par de pasos con cierta vergüenza y paranoia.
DAVID: ¿Todavía te acuerdas de eso?
PABLO: ¡Claro que me acuerdo de eso!
¿Tú no?
DAVID: Si, me acuerdo…
Éramos demasiado intensos tú y yo.
PABLO: Yo lo recuerdo como una muy buena
época.
Si no la mejor, de las mejores de mi vida…
Asintiendo.
DAVID: Igual para mí…
Pablo lo mira intensamente.
PABLO: ¿Y qué pasa si de pronto me dan ganas de volver a darte un beso?
¿Mmmm?
¿Sigues besando tan bien como en aquella época?
David se rió nervioso y cambió el tema de conversación.
DAVID: ¿Dónde está tu mujer?
¿Tú no estás casado?
PABLO: ¿Alicia?
DAVID: ¿Tienes otra?
PABLO: No, no.
DAVID: Entonces sí, Alicia.
PABLO: Alicia y yo nos divorciamos hace unos 6 años…
Hizo una pausa.
PABLO: ¿Y tu mujer?
David suspiró consternado.
DAVID: …Mariela se mató en un accidente hace tres años ya…
Genuinamente sorprendido al escuchar aquello, Pablo se le acercó y le pasó una mano por la espalda.
PABLO: Lo lamento David.
David se tomó un trago de ron.
DAVID: Todo eso fue muy fuerte para mí, porque yo era quién estaba manejando.
PABLO: ¿Por eso te viniste a vivir al pueblo?
Pablo asintió y se tomó el resto del trago que le quedaba en el vaso a fondo blanco.
Abrió la botella y se sirvió un poco más de ron.
David caminó unos pasos por la habitación, antes de responder.
DAVID: Puede ser…
PABLO: ¿Te puedo preguntar algo personal?
DAVID: Claro, lo que quieras.
PABLO: ¿Alguna vez tuviste algo con otro tipo?
DAVID: No.
Nunca.
¿Y tú?
PABLO: En la Universidad conocí a un chico con el que pudo haber pasado algo,
él quería,
pero no sucedió…
No pude;
yo estaba bloqueado después de todo lo que nos pasó en este pueblo…
Pero sí tuve varias novias hasta que me casé y me divorcié y decidí quedarme tranquilo…
David asintió.
DAVID: Yo comenzando la universidad conocí a Mariela, que era mi amiga, mi confidente, mi socia y tuvimos 4 hijas maravillosas.
¡Ya hasta tengo nietos!
Pablo sonrió.
PABLO: Eres todo un patriarca.
DAVID: ¿Y tú no tuviste hijos?
PABLO: Sí…
Tengo dos varones, que no vuelan porque no tienen alas…
Este año los saqué del país para que ni por asomo se involucren en toda la corrupción de la revolución bolivariana…
Ahora están en casa de mi hermana en Portland, en los Estados Unidos, estudiando.
DAVID: Mis hijas también se fueron del país.
PABLO: ¿Y tus hermanos?
DAVID: Están en Perú y en Argentina.
PABLO: Entonces ¿Estamos solos tú y yo en Venezuela?
DAVID: Eso estoy entendiendo.
Los dos se
miraron intensamente.
De pronto comenzaron a escucharse unos gritos desesperados en la casa vecina y solo un momento después golpearon con fuerza a la puerta.
VOZ FEMENINA: ¡Sr. Fernández!
¡Sr. Fernández, ayúdeme por favor!
PABLO: ¿Y ahora?
Pablo caminó a la puerta de la entrada y la abrió de par en par.
Sara (26) una morena delgada, estaba parada frente a la puerta de la casa, nerviosa.
SARA: Me puede llevar a un hospital, mi madre está teniendo un ataque cardíaco.
David miró la situación sorprendido.
PABLO: Claro, vamos.
Rápidamente todos subieron a la camioneta de Pablo y él manejó a toda velocidad con dirección al hospital más cercano.
…
Frente a la entrada de emergencias del hospital de Juan Griego, todos se bajaron de la camioneta;
y el hombre moreno encargado de recibirlos les dijo que ahí no tenían cómo atender a la mujer;
que, si se quedaban allí, la Sra. moriría con toda seguridad.
El hombre les sugirió que fueran al hospital militar;
todos subieron a la camioneta una vez más y Pablo manejó hacia allá a toda velocidad.
Con preocupación, esperando lo peor, David y Pablo observaron a Sara abrazar a su madre en el asiento posterior de la camioneta y a la mujer, lívida, sollozando de dolor.
Por suerte en el
hospital militar sí había insumos y pudieron ingresarla.
David y
Pablo se quedaron acompañando a Sara, en la sala de espera, hasta un poco
después del amanecer, cuando finalmente un médico de guardia les informó que la
mujer estaba estable.
…
Aliviado, frente al hospital militar Pablo se fumó un cigarrillo.
David se acercó a su lado.
PABLO: Pensé que esta mujer no la contaba…
DAVID: Si no hubieses estado en el pueblo, seguro que hubiese muerto…
Pablo lo miró sin saber que decirle.
David le pidió el cigarro a Pablo y este se lo entregó;
le dió un jalón y contuvo el humo en los pulmones tratando de relajarse.
PABLO: Que complicada es Venezuela…
DAVID: Sí…
Cuando tú y yo éramos chamos, todo era muy diferente…
David le devolvió el cigarrillo.
PABLO: Era otro país…
Sara salió del
edificio y les dijo que finalmente había podido comunicarse con su hermano, que
él ya venía en camino para reunirse con ella en el hospital;
les agradeció encarecidamente por su ayuda, antes de despedirse y volver al
lado de su madre.
…
En la carretera de regreso al pueblo el cansancio se les notaba en los rostros a los dos hombres.
DAVID: No quiero ser un abusador, pero, ¿Podemos
tomarnos otro trago?
PABLO: Todos los que queramos.
Pablo se lo queda mirando intensamente, por un momento.
David, que se siente un poco intimidado con la situación, dice lo primero que se le ocurre.
DAVID: ¿Viste que el gobierno gringo sacó videos
de naves extraterrestres, intraterrestres o de otra dimensión?
¡No estamos solos en el universo, ni en el planeta, ni en esta dimensión!
Pablo le sonríe.
PABLO: Te veo, te escucho y tengo esta sensación absurda de que no ha pasado ni un solo día desde la última vez que te vi,
desde la última vez que hablamos en los noventa…
Solo tus canas me tiran el cable a tierra.
David lo mira intensamente.
DAVID: Yo también me siento igual.
Bromea.
DAVID: A pesar de esa barriga gigante que tienes ahora.
Pablo se carcajea.
PABLO: Sigues siendo una ratica ¿No?
DAVID: No, la verdad no.
Tú eras el
único San Juanero que tenía sentido del humor y podía entender la ironía…
Me hacía falta verte.
PABLO: Estoy pensando que no voy a vender la casa…
David se alegró de escuchar aquello.
…
Sediento, frente al bar, Pablo sirvió los hielos que quedaban en dos vasos y los llenó de ron.
David cerró la puerta tras de sí y se acercó a Pablo.
PABLO: Estas últimas horas han sido muy raras…
Pablo le entregó el vaso a David.
DAVID: En Caracas seguro las cosas funcionan un poco mejor…
Los dos se tomaron los tragos a fondo blanco como si fueran un refresco.
PABLO: No estoy hablando del país, sino de todas estas horas contigo, de volver a verte y hablarte;
de ir en contra de todas las órdenes y designios de mi familia…
David asintió y se quedó pensativo.
Mirando a Pablo fijamente.
PABLO: Y tú ¿En qué estás pensando?
DAVID: En que, si fuera sensato de alguna manera,
si hubiese aprendido algo de algún episodio de mí historia saldría de aquí en este momento.
Pablo lo miró extrañado.
PABLO: ¿Por qué lo dices?
No te entiendo…
David se acerca a él.
DAVID: En que no debería caer en la tentación de darte el beso que tengo en mi mente.
Pablo sonrió.
PABLO: Coño, eres impresionante…
¡Cómo te encanta hacerte de rogar!
David sonrió, se acercó a Pablo y lo besó en los labios.
En principio fue un beso suave, pausado, lleno de emoción.
A pesar de todos los años que habían pasado, la química entre los dos seguía intacta.
PABLO: No puedes siquiera suponer como te he extrañado…
David lo miró intensamente.
DAVID: Quítate esto. ¿Ahh?
Pablo asintió.
David lo ayudo a quitarse la camisa,
miró su torso desnudo y le tocó los pectorales y la barriga lleno de deseo.
DAVID: Te ves muy bien.
Envejeciste muy bien.
Pablo se rió.
PABLO: Yo sabía que te gustaba mi barriga.
David se rió.
DAVID: ¿Sigues siendo un narcisista insoportable, verdad?
Con una sonrisa en la cara Pablo negó con la cabeza.
PABLO: Esas canas también te quedan muy
bien…
¡Hasta inteligente pareces!
David se rió.
Pablo le tocó la barba con ambas manos, se le acercó y lo besó una vez más;
llevados por el deseo, los dos hombres se quitaron el resto de la ropa y en la habitación de Pablo se acostaron en la cama…
…
Exhausto, sudado, desnudo; satisfecho,
David se quedó mirando a Pablo,
lleno de emociones y pensamientos encontrados.
Había pasado toda su vida obligándose a olvidar lo que sentía por él,
pero lo que sentía allí acostado a su lado esa mañana,
lo que había sentido por Pablo desde que lo conoció,
no lo había sentido nunca por otro ser humano;
Se levantó de la cama nervioso, preocupado por aquella vorágine de emociones que volvía a sentir en la cabeza y en su pecho,
y se puso la ropa interior.
PABLO: ¿Te vas?
DAVID: No. Voy al baño.
Salió al pasillo
vacío, entró al baño y cerró la puerta tras de sí.
Se recostó en el lavamanos y se miró en el espejo pensando en toda la vuelta azarosa
que habían tenido que dar sus vidas en estos 37 años solo para reencontrarse y volver
a estar juntos.
Se arregló el pelo,
se ordenó la barba.
…
Cuando David volvió a entrar a la habitación; Pablo estaba en la cama fumando un cigarrillo.
PABLO: ¿Sabes que creo?
DAVID: No.
PABLO: Que debimos haber desobedecido a todos y habernos buscado antes… Un año después, 5 años después, 10, 20…
DAVID: ¿Tiene sentido darle vueltas a eso?
A lo mejor las cosas sucedieron como tenían que pasar y ya…
Pablo se quedó en silencio unos segundos.
PABLO: Cuando yo me enteré de tu boda…
pensé en ir
a buscarte,
estaba decidido,
dispuesto a decirte cualquier cosa para que no te casaras…
Pero luego te vi en unas fotos en Facebook con Mariela y te veías bien, contento…
Y pensé que tú tenías todo el derecho del mundo a ser feliz,
así no fuera conmigo;
aunque eso me matara de dolor…
Y decidí alejarme definitivamente de ti,
dejarte tranquilo.
DAVID: Vamos a servirnos un poco más de ron.
David salió del cuarto y caminó al bar en la sala.
Pablo lo siguió de cerca.
Sirvió su vaso y el de Pablo con parsimonia;
reviviendo en su mente, momentos oscuros de su adolescencia,
habló pausadamente.
DAVID: Después de que tu familia y mi familia se enteraron de lo nuestro y a ti te sacaron del pueblo para que no volviéramos a tener contacto;
yo me convertí en la vergüenza de mi familia,
incluso mis abuelos, se ensañaron en mi contra…
Te lo digo y ni yo mismo me creo que haya pasado de esa manera…
Día tras día, por semanas, por meses, me humillaron, me maltrataron, me dijeron cosas terribles…
Y sin ti yo estaba tan triste,
me sentía tan mal,
que lo único que se me ocurrió hacer para defenderme de todos ellos fue dejar de hablar,
de reaccionar…
Hace una pausa con un nudo en la garganta.
DAVID: Y entonces me llevaron al psiquiatra…
Y el Dr. Delgado, así se llamaba ese desgraciado, les dijo que yo tenía una depresión clínica y decidieron internarme en un psiquiátrico que quedaba en la Asunción…
Ya no quiero recordar cuanto tiempo pasé encerrado en ese sitio… Completamente ido de la realidad,
drogado con tranquilizantes, ansiolíticos y antidepresivos…
Hace una pausa, tratando de controlarse, para no quebrarse y llorar.
DAVID: Estar allí era como estar muerto en vida,
preso en un ataúd de madera,
sellado con clavos,
enterrado bajo tierra…
Pablo lo miró con un sentimiento de frustración abrumador en el pecho, con los ojos llenos de lágrimas.
DAVID: Cuando finalmente me fui del pueblo,
porque entré a la Universidad, Mariela
fue la que me rescató de todo ese universo de dolor, de ese castigo sin límites
que me dieron por haberme enamorado de ti…
Pablo se le acercó y lo abrazó.
David se dejó abrazar por un momento,
pero se separó de él, se tomó todo el ron de su vaso y se sirvió un poco más.
DAVID: Yo siempre me esforcé por tratar de
entenderlos…
Pero aún hoy, que ya casi todos están muertos y los que quedan con vida están lejos
en otro país, no creo que pueda perdonarlos nunca…
Pablo asiente con cara de seriedad.
PABLO: Unos años antes de que papá se muriera yo corté toda comunicación con él, dejé de llamar, dejé de atenderle las llamadas, no quería saber nada de él…
Nada de lo que hice en toda mi vida,
ni ninguna de las mil mujeres que le traje a la casa,
ni sus nietos siquiera, le quitaron el desdén, con el que me miraba, cuando me miraba a la cara…
DAVID: ¿Mil mujeres?
Pablo asiente.
PABLO: Fuera de aquí, terminando el bachillerato y luego estudiando en la UCV;
me sentía tan solo,
tan perdido en Caracas…
Hace una pausa y da un jalón a su cigarrillo.
PABLO: Pero tenía esa energía que le gustaba a las mujeres y tratando de llenar el vacío que tú habías dejado… Tuve sexo con muchas de ellas…
Pero nunca nada de eso funcionó…
Hizo una pausa.
PABLO: ¿Sabes la diferencia entre estúpido e idiota?
DAVID: No.
Creo que no…
PABLO: Un estúpido es una persona a la que se le dice algo una vez y lo entiende;
un idiota es alguien que recibe la información, una y otra vez, pero no la procesa, no la comprende.
Lleno de emoción.
PABLO: Yo nunca supe como sacarte de mi mente; tu inteligencia, tu sentido del humor, tu empatía, la cadencia de tus besos…
Se ríe.
PABLO: Yo todos los 5 de Julio me recuerdo de tu cumpleaños;
y siempre, todos los años sin falta, me compro un pedazo de torta para celebrarlo…
Soy un
idiota;
siempre fui un idiota con relación a ti.
A David se le llenan los ojos de lágrimas al escuchar aquello.
DAVID: No eres ningún idiota.
Eres un buen tipo.
Mi mejor
amigo,
el único amigo que tuve en esta vida.
David hizo una pausa.
DAVID: Una vez, un poco antes de cumplir 30 años tuve que volver al pueblo,
en contra de mi voluntad,
y me topé con tu familia en el mercado,
habían pasado 17 años y todos me miraron como si fuese un paria,
como si no mereciera, ni siquiera recibir la luz del día…
Siempre me impresionó lo mucho que me odiaban los Fernández…
PABLO: Lo lamento David.
David negó con la cabeza.
DAVID: Qué bueno que viniste;
y que finalmente pudimos vernos cara a cara,
hablar un poco de todo esto…
Aclarar lo que había que aclarar…
Los dos se miraron intensamente.
DAVID: ¿Cuándo tienes que volver a la ciudad?
PABLO: En un rato,
a las 5 de la tarde.
David se sorprendió.
DAVID: ¡Wow!
Ya son qué, ¿las tres de la tarde?
Pablo asintió.
DAVID: Pensé que te quedarías unos días…
Pablo negó con la cabeza.
PABLO: Tengo que atender cosas importantes mañana en la mañana en la ciudad.
Sintiéndose algo frustrado, David recogió sus pantalones, su franela y comenzó a vestirse.
DAVID: Entiendo.
Yo tengo que volver a mi casa a darle comida a mis gallinas, que no han comido nada en todo el día.
Pablo notó
el tono de frustración en la voz de David.
Se acercó a él y trató de ser conciliador.
PABLO: Hey, no te molestes conmigo,
yo no sabía que iba a encontrarte en el pueblo,
ni que íbamos a volver a vernos,
mucho menos que íbamos a aclarar las cosas
o a volver a encontrarnos de esta manera…
Si no, te juro que hubiese agendado más días.
Pero mañana a primera hora tengo una reunión con PDVSA y unos socios de los norteamericanos y no puedo perder esa ventana en esta sequía financiera.
DAVID: Yo no estoy molesto.
No se si podría molestarme contigo…
PABLO: ¿Por qué no te vienes conmigo a
Caracas?
Ya sabes que estoy solo en la ciudad;
nos quedamos en mi apartamento en Altamira.
David negó con la cabeza.
DAVID: No, no me gusta Caracas…
PABLO: Bien, entonces cuando llegue a la ciudad yo me reúno, me deshago de todos los otros compromisos que tengo y me vengo para acá de nuevo.
David se acercó a Pablo.
DAVID: Bien, como quieras…
Yo voy a estar aquí en San Juan Bautista.
Y de verdad me gustaría que pudiésemos volver a vernos...
Así fuese solo para tomar un ron y hablar un rato otra noche que no haya luz;
o para ver una película cuando haya electricidad,
o volver al cerro un día soleado a cazar unas iguanas o unas codornices,
o a bañarnos en las pozas cuando sea época de lluvia,
o para celebrar juntos tu cumpleaños,
o el mío,
o la navidad,
o lo que quieras…
Hace una pausa.
DAVID: Y sí,
no te lo voy a negar…
También me gustaría volver a besarte y hacer el amor de nuevo contigo,
como lo hicimos hoy,
libres,
sin miedos…
Y no me importa si terminamos ardiendo en el mismísimo infierno como me decía mi abuela que sucedería…
Pablo asiente.
PABLO: Seguro hay gente, por ahí en el mundo, haciendo cosas mucho peores…
DAVID: Sí;
yo sé que es así…
Los dos se miran intensamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario