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viernes, 18 de septiembre de 2026

La muerte de Manuel Salazar

Por Sergio Marcano

Como a las 2 de la mañana;

 

José, un hombre delgado en sus 50s escuchó un ruido inusual y se despertó sobresaltado,

se paró de la cama,

caminó a la sala,

encendió las luces,

y vió la sombra de un ladrón saltar y huir desde la parte de afuera de su balcón, en el segundo piso.

 

Pensó en los aviones llenos de connacionales que llevaban meses llegando al país de diferentes destinos;

suspiró preocupado, pensando que lo único que le faltaba,

en medio de toda la agobiante situación económica y social,

era ser acechado por amigos de lo ajeno…

 

Vio al joven correr a toda velocidad, por el medio de la calle,

alejándose del edificio;


si el ladrón supiera que lo único que había en este apartamento era ansiedad y deudas,

seguro estaría probando suerte en lugares con mayor ventura.

 

Espabilado,

sin ánimos de volver a acostarse;

José caminó a la cocina,

llenó la greca de agua,

le puso unas cucharadas de café y la colocó sobre el fuego.

 

Abrió la nevera,

allí no había nada más que agua, un trozo de queso y medio cartón de huevos.

Pensó que le debía 80 dólares a Cashea,

más de la mitad del pago de la próxima quincena,

y ya no tenía realmente nada para comer los próximos 7 días…


Resopló resignado

y sirvió todo el café de la greca en un mug negro.

 

Al menos tenía suficiente café.

 

 

Se sentó frente a su computadora y la encendió.

Revisó su correo,

y luego se metió en Twitter (ahora X),

su red social favorita,

a pesar de los cambios que había hecho Musk desde su compra.

 

Las noticias en su feed no eran nada alentadoras en ninguna parte del mundo;

 

Los Estados Unidos en movilización armada contra Irán,

apagones masivos en Cuba,

Rusia en guerra con Ucrania,

la dictadura nicaragüense cerrando los espacios a sus opositores,

Gaza acechada por Israel,

 

y acá, en nuestras fronteras, los chavo-maduristas cambiando de piel tras la abducción de Maduro;

actuando como si no fueran los responsables directos del desastre económico, social y moral generalizado, que configuraba la Venezuela contemporánea tras 27 años de su gobernanza.

 

 

De pronto, a las 3:43 de la madrugada;

se fue la electricidad;

 

José suspiró contrariado,

y se apresuró a apagar su máquina, que tenía un UPS instalado, para no quemarse en los continuos apagones…

Su computadora era la única cosa valiosa que le quedaba y de ninguna manera podía ponerla en riesgo.

 

Caminó al balcón y miró las estrellas en el cielo despejado.

 

Hacía calor esa madrugada

y la calle estaba desierta.

 

José odiaba las madrugadas con insomnio y sin electricidad,

porque cuando esos dos factores se juntaban,

todo lo que lograba mantener a raya y en silencio durante el día,

se desataba y comenzaba a bullir en su cabeza;

 

además, la tarde de ayer se había encontrado con Daniel Romero,

un conocido suyo de la universidad,

que hoy en día era multimillonario,

solo por trabajar con el Gobierno;

 

y se había quedado pensando que él era un muerto de hambre por no tener el set ideológico correcto;

o por no haber elegido irse del país,

como lo habían hecho tantos otros venezolanos,

que hoy en día se ganaban la vida dignamente, con sueldos reales,

en países menos complicados que este.

 

Pero no,

él había elegido quedarse en esta tierra de gracia,

plantado como un árbol,

trabajando a cambio de un sueldo miserable, que difícilmente le alcanzaba para comer y pagar los servicios;

 

¿Se podría ser más imbécil?

¿Más testarudo y cabeza dura?

¿Qué era lo que había estado buscando probar durante todos estos años?

 

Los únicos frutos de estas 3 décadas eran las canas que ahora exhibía en la cabeza,

una pobreza que le atravesaba transversalmente en todos los aspectos de su vida,

una salud cada vez más deteriorada

y una depresión crónica que le hacía mirar la vida sin perspectivas de futuro…

 

 

El teléfono sonó de pronto, sacándolo de sus pensamientos;

era su hermana María, desde Puerto La Cruz;

una llamada rara, a una hora de la que no podía esperarse nada bueno;

ella, sin mucho protocolo, le dijo que su padre había muerto;

 

a pesar de que ya pasaba de los 90s,

José se sorprendió hasta los huesos con la noticia, porque la última vez que lo vió, un par de años atrás, estaba sano y lúcido, manejando un jeep sincrónico;

 

sin mucho que pensar al respecto,

le dijo que salía para allá y cortó la comunicación;

caminó a su cuarto y llenó un bolso con un par de cambios de ropa.

 

Se alegró de haber pegado su teléfono al cargador desde que se fue a dormir, porque la batería estaba cargada al 100%;
justo lo que necesitaba en este viaje tan largo.

 

A oscuras, preparó más café, dos arepas, un omelette con un poco de queso y 3 huevos;

se bañó con agua de un balde, se vistió con ropa cómoda y bolso en mano salió de su departamento.

 

En el estacionamiento a cielo abierto frente a su edificio,

se acercó a una camioneta Nova de color vinotinto,

abrió el capó y le quitó una cadena que protegía la batería de ser robada.

Subió al vehículo, puso las arepas, el termo con café y un pote de agua en el asiento del copiloto y el bolso en el asiento trasero.

 

 

Tomó carretera a Puerto La Cruz.

 

 

Toda la ciudad estaba a oscuras;

Calles, avenidas, urbanizaciones;

también todos los pueblos y caseríos por los que cruzó en el camino;

solo los ojos de gato brillaban en la oscurana.

 

 

Pensó que este país siempre estuvo jodido,

pero nunca tan jodido como con la administración de la Revolución Bolivariana.

 

 

Luego de un rato manejando, se preguntó a sí mismo ¿Cómo se sentía?
Si estaba triste, porque ya nunca más vería a su papá;

mirando la oscuridad del camino frente a él, supuso que estaba en shock;

entumecido por la terrible sorpresa.

 

 

Entonces prendió la radio para evadirse,

para pensar en otra cosa;

 

allí un locutor explicaba a los oyentes, lo que conocía acerca del trato que le cedía 17 pozos petroleros al gobierno norteamericano;

 

José escuchó el programa con atención,

pensando en lo raro que era oír el tono positivo con el que se trataba todo aquello;

como si uno pudiese olvidar de la noche a la mañana, que por casi 30 años los gringos fueron siempre los enemigos del Gobierno Revolucionario…

 

¿Estarían siendo coercionados?

¿O serían ellos mismos los que entregaron a Maduro para quedarse con el poder y no afrontar consecuencias de toda su corrupción?

 

Este país era tan absurdo, que volvería loco a cualquier mortal.

 

 

 

 

A media mañana, José detuvo el carro en un descampado,

orinó y se comió una de las arepas con apetito.

 

 

Hacía años que no manejaba a Puerto La Cruz;

a pesar de que tenía todavía algunos amigos por allá,

nunca se había sentido parte de aquel sitio;

 

por eso se fue a estudiar a una universidad en otro Estado apenas pudo,

por eso nunca regresó de manera voluntaria,

prefiriendo siempre que sus padres, hermanos y sobrinos le visitasen y pasaran tiempo en su apartamento en Mérida en vez de él volver a la ciudad.

 

Pero esta vez, no había manera de escabullirse;

la única ecuación posible era la de regresar.

 

 

 

 

De nuevo en la carretera, recibió una llamada de su hermano Luis;

que estaba paranoico, porque creía que al funeral y al entierro iban a ir los 25 hermanos que nunca había conocido;

José se dio cuenta de que no había pensado en eso.

 

Y le dijo a Luis que se calmara,

que no todos los hijos de las distintas mujeres que había tenido su padre,

vivían en Puerto La Cruz o tendrían por qué asistir o estar allí.

 

 

Rato después de haber cortado la comunicación,

el número 25 se le quedó resonando en su cabeza.

 

Mi papá era definitivamente una joya;

la encarnación del patriarcado tropical criollo.

 


Como a las 9 de la mañana;

pensó que aún no había hablado con su madre y le marcó;

 

Manuel Salazar era el hombre con quien ella había perdido su inocencia,

el único hombre al que había amado,

el padre de sus 3 hijos.

 

A sus 80 años ella era,

sin dudas,

una mujer de otra época.

 

 

Ella le contestó un poco contrariada,

triste,

pero no sorprendida por los acontecimientos,

ya que mi padre estaba por cumplir 95 años.

 

Le contó que unas semanas antes,

mi papá había decidido no salir más,

quedarse tranquilo en la casa,

 

y que la tarde del jueves,

como si un sexto sentido suyo lo presintiese,

había pedido ver a un cura;

y solo unas horas después, esa misma noche;

como a la 2 de la madrugada,

había fallecido pacíficamente.

 

Aunque desde que vivía en Mérida no practicaba el catolicismo que le inculcaron en su familia,

saber eso le reconfortó de alguna manera.

 

 

Pensando en lo que había dicho Luis, de los hermanos,

le preguntó si no le importaría encontrarse y conocer a todas las otras mujeres de mi papá en el funeral.

 

Ella le dijo que no fingiendo indiferencia;

que el funeral estaba abierto para todos los que quisieran asistir a presentar sus respetos y despedirse.

 

 

Cuando cortó la comunicación, José recordó infinidad de llamadas que atendió, cuando era un niño, en la línea fija de la casa,

llamadas extrañas en las que nadie hablaba,

en la que solo se escuchaba el sonido de una respiración;

 

también en las primeras peleas cuando ella aún confrontaba a mi papá;

porque le descubría sus mentiras,

sus incoherencias,

o pintura de labios en sus camisas.

 

Mis hermanos y yo fuimos testigos de cómo el amor entre ella y él se fue deteriorando con el paso de los años,

de cómo ella pasó de esa tristeza que le sacaba lágrimas a una indiferencia cordial,

muy respetuosa,

 

en la que, aunque vivían bajo el mismo techo,

dormían en la misma cama;

 

los dos hacían su vida en paralelo;

 

mi madre se dedicó a criarnos a nosotros,

a la jardinería de la casa,

a la cocina,

y dejó de cuestionar la manera de proceder de papá.

 

Él por su lado siguió trabajando en sus negocios,

viviendo los días de la semana en la casa,

y luego yéndose los viernes, sábados y domingos,

sin dar explicaciones;

para luego regresar sin falta y como si nada, todos los lunes en la tarde.

 

 

Recordando aquello, José se preguntó así mismo si alguna vez debió decirle algo sobre esas libertades,

sobre las otras mujeres,

sobre los otros hijos,

sobre las otras casas;

 

defender a su madre de alguna manera.

 

 

Permaneció en silencio unos momentos, concentrado en el camino.

 

Pensó que su mamá nunca les hizo cuestionar el comportamiento de Manuel Salazar.

 

Quizás por eso todos,

los tres hermanos,

normalizamos lo que sucedía,

lo aceptamos como común y corriente.

 

Una vez más se quedó en silencio,

pensativo.

 

¿Cuántas familias habría tenido mi papá en paralelo?

¿4, 6, 8?

 

 

La vida de Manuel Salazar siempre había sido un misterio.

 

 

Aun así, el nexo entre él y mi mamá nunca se disolvió,

a pesar de que los días fuera de la casa se fueron extendiendo;

 

él nunca se fue enteramente del lugar,

ni abandonó las necesidades económicas de ella,

sus mercados quincenales,

cualquier cita médica o remedio que ella necesitase;

una torta el día de su cumpleaños;

los panes de jamón o las hallacas de la cena navideña,

 

a pesar de todo,

de las circunstancias económicas más adversas que trajo consigo la revolución,

de la escasez más dura,

de la pandemia,

él siempre estuvo allí para ella

 

y también para mis hermanos.

 

 

De pronto, al fondo de la calle, notó que había un hombre y una mujer uniformados; deteniendo carros de manera aleatoria en una alcabala policial improvisada con dos motos, paradas en medio de la calle.

 

¡Coño de la madre!

 

Respiró profundo, tratando de no predisponerse;

 

pero su aversión hacia la autoridad uniformada tenía años internalizada,

probablemente desde el Caracazo para acá,

pero fueron todas y cada una de las protestas que hubo en estos últimos 20 años, en las que funcionarios policiales y militares cargaron abiertamente en contra de la gente a la que deberían defender, las que terminaron por cimentar ese desprecio.

 

Paranoico,

abrió la aplicación de la cámara de su teléfono y unos metros antes de llegar a ellos comenzó a grabar la interacción.

 

 

Policía 1; un hombre moreno y de consistencia gruesa,

tras mirarlo unos segundos,

le pidió su cédula y los papeles del carro, con actitud autoritaria y soberbia;

 

José que estaba consciente de este tipo de situaciones;

tenía todos sus papeles en regla;
sin chistar, los sacó de la guantera y se los le entregó.

 

Policía 1 le entregó los papeles a Policía 2.

 

Mientras radiaban su cédula y la placa del vehículo,

Policía 1 se acercó al carro y le pidió que se bajara,

qué pusiera las manos sobre el capó.

 

JOSÉ

¿Pasa algo?

¿Hay algún problema oficial?

Yo no soy un delincuente.

 

José se bajó del carro aun con la cámara encendida y colocó sus manos sobre el capó;

pero se encorvó lo suficiente como para mirar por debajo de su brazo,

y vió como el Policía 1, sacaba de su bolsillo una bolsa con un polvo blanco;

 

rápidamente,

antes de que se le acercase,

José se volteó y lo grabó.

 

JOSÉ
Epa, epa;

¿Qué tienes allí en la mano? 

 

El Policía 1,

como un niño,

se llevó la mano a la espalda.

 

Alterado,

casi fuera de sí.

 

JOSÉ
¿Tu crees que me vas a sembrar con esa mierda?

Yo soy un hombre trabajador;

¡yo no uso nada de eso!

 

¿Cuál es tu nombre?

¡Dime tu nombre!

 

Molesto al ver el teléfono en la mano de José.

 

POLICÍA 1

No me grabes,

dame acá.

 

El policía intentó quitarle el teléfono.

Pero José no se dejó.
Se apartó de él sin dejar de grabarlo.

JOSÉ
No me toques.

¡Coño de madre!

Vergüenza deberías tener,

Qué te uniformas para joder a tu pueblo.

 

POLICÍA 1
Este Vehículo está solicitado.

 

JOSÉ
¡Mentira!

Ese vehículo tiene más de 10 años conmigo.

Muéstrame lo que tienes en la mano.

 

El policía con el puño cerrado apartó el teléfono de su cara.

 

POLICÍA 1

Quítame la cámara de la cara.

JOSÉ
No me toques.

Que ya tu cara está grabada y en las redes.
Este video es en vivo.

El Policía 1 se sorprendió al escuchar aquello.

José le habló a Policía 2 y la apuntó con la cámara.

 

JOSÉ

Y ¿Tú también le siembras droga a la gente?

¿Ahh?

¿O solo es esta joyita?


Policía 2 no le contestó.

José extendió su mano y le dijo molesto.

 

JOSÉ

Dame mis papeles.

 

Gritando.

 

JOSÉ

¡Dame mis papeles!

 

Policía 2 se le acercó y le devolvió los papeles.

 

POLICÍA 2

Siga ciudadano,

siga su camino.

 

José caminó de espaldas apuntándolos con la cámara como si esta fuera un arma;

se subió a su carro, lo encendió y se alejó del lugar, mirando por el espejo retrovisor a los dos policías en medio de la calle.

 

 

Aunque hacía semanas que se había jurado a sí mismo no volver a fumar;

alterado;

nervioso,

abrió la guantera y sacó una caja de cigarrillos,

encendió uno de ellos y lo aspiró con fuerza;

 

puso su mp3 player, le dio play a música de “The doors”  

y aceleró hasta 120, alejándose del lugar.

 

 

Pensó que la cámara del teléfono,

las redes sociales,

eran tan poderosas como un arma en estos días.

 

Tomó unos tragos de café con el pitillo de su termo;

 

evidentemente viajar en carro por el interior del país era una ruleta rusa;

era exponerse a ser la víctima de cualquier desgraciado uniformado, que quisiera joderte;

 

decepcionado, pensó que en este país todo estaba al revés;

que los patrones morales estaban completamente volteados.

 

Y ahora además con el tutelaje de los gringos que tenian dinámicas tan distintas a nuestra cultura y a nuestra manera de entender el mundo.

 

 

¿Cómo se salía de este atolladero?

 

 

Suspiró preocupado pensando que aún le faltaba más de la mitad del camino,

y todo el camino de regreso…

 

 

 

Sin detenerse,

Un poco después del mediodía,

se comió la arepa que le quedaba,

 

pensando que había algo en el concepto del camino que siempre le había fascinado,

la brisa en esa transición larga,

los kilómetros y kilómetros de cableado sobre su cabeza,

 

carreteras, caminos, calles,

casas, ranchos, bodegas;

ancianos, hombres, mujeres, niños, niñas;

 

vidas enteras pasando en barrido y quedándose atrás en segundos;

 

la expectación de lo que ibas a encontrar en el otro lugar,

fuese malo

o fuese bueno,

 

romper radicalmente con la monotonía del lugar de donde venías.

 

 

De pronto se miró al espejo retrovisor y pensó que en los últimos años había hablado muy poco con su papá.

 

Recordó la última llamada que le hizo el 5 de enero para desearle feliz año nuevo y para hablar de la abducción de Maduro;

él estaba de buen humor ese día,

esperanzado de que el 2026 iba a ser muy bueno;

de que las cosas finalmente cambiarían para mejor en Venezuela.

 

 

A pesar de que no habían sido nunca los más cercanos;

gracias al esfuerzo económico de su padre, José pudo ir a una de las mejores universidades del país;

y también, gracias a él,

se había podido comprar el apartamento en el que vivía;

hacer su vida fuera de Puerto la Cruz.

 

Su padre siempre creyó en él,

en su formación,

y siempre le apoyó en todo lo que necesitó.

 

Claro que estaba triste;

Manuel Salazar le ayudó a cimentar las bases de su existencia.

 

 

Luego de mucho cavilar,

decidió que no quería ver su cadáver.

 

 

 

 

Un poco más allá de la mitad del camino,

notó que tenía que llenar el tanque de gasolina;

pero todas las gasolineras que se había encontrado hasta ahora tenían colas kilométricas, porque vendían combustible a precios regulados por el Estado.

 

Sin detenerse, unos 40 minutos después, encontró una gasolinera que vendía el combustible en dólares y en euros,

sin colas, casi sin gente,

se paró allí,

llenó el tanque

y al pagar, se sorprendió del insólito precio de la tasa del día.

 

 

Pensó que desde que los gringos se habían llevado a Maduro,

no había cambiado absolutamente nada en el país;

 

teníamos casi el mismo tren ejecutivo, legislativo y judicial,

la devaluación del bolívar seguía desatada;

la inflación era imparable;

continuábamos sin estado de derecho;

y los sueldos anclados en montos de miseria…

 

 

Luego de pagar 300 bolívares a un hombre con rasgos indígenas, entró a un baño maloliente.

 

 

Quizás si el dinero del petróleo, vendido desde el 3 de enero para acá, lo hubiesen usado para financiar un aumento general de salarios a la clase obrera y trabajadora,

la sensación de debacle no sería tan abrumadora;

 

pero nadie en Venezuela sabia a donde había ido a parar ese dinero…

 

 

Subió a su carro pensando en el mal karma que teníamos los venezolanos.

 

 

Algo cansado, activó el GPS directo a la Funeraria en la que estarían velando a su papá;

puso música de Pearl Jam y echó a andar el vehículo.

 

 

Ya en la carretera, pensó que algún día se montaría un nuevo gobierno nacional;

Idealmente un grupo político, con personas honestas, a los que les preocuparía de manera genuina el bienestar de la gente.

 

Esa al menos era su esperanza.

 

 

 

 

Como a la 1 de la madrugada,

luego de kilómetros y kilómetros de total oscuridad, atravesando una Venezuela sin electricidad; 

 

finalmente,

paró su carro frente a la funeraria;

 

que era uno de los pocos lugares iluminado en casi todo el Estado;

obviamente, por una planta eléctrica propia.

 

 

Miró su celular y le escribió a su hermano preguntándole si estaba allí.

Luis, un hombre delgado, salió de la funeraria en solo segundos,  

se le acercó y se sentó a su lado en el carro.

 

JOSÉ
¿Hay mucha gente ahí dentro?

 

LUIS

No, realmente…

En la tarde había más gente…

 

JOSÉ

¿Lloraste?

 

LUIS
No. ¿Y tú?

 

José negó con la cabeza y notó a su hermana María, salir de la funeraria;
le hizo una señal con las luces delanteras del carro;

ella se acercó a la ventana del piloto.

 

MARÍA

¿No vas a entrar?

 

JOSÉ
Claro que voy a entrar,

por eso estoy aquí…

Y mañana en el entierro quiero ser uno de los que cargue el féretro hasta la fosa…

 

MARÍA

Dame mis cigarros

 

Le dijo a Luis y este se los pasó,

ella encendió el cigarro al lado del carro.

 

MARÍA

No podemos dejar a mamá sola tanto tiempo en ese lugar.

 

JOSÉ

¿Ella quiere quedarse aquí toda la noche?

 

Con ironía.

 

LUIS

¿Ese no es el concepto de un funeral?

 

Sorprendido. 

 

JOSÉ
¿Ustedes se van a quedar toda la noche?

 

MARÍA

Si mi mamá se queda…

 

LUIS

Yo también me quedo…

¿Vas a ver el cuerpo?

 

JOSÉ
No, no creo…

 

MARÍA

Yo le hubiese puesto otra ropa.

Algo más elegante.

 

LUIS

Qué raro va a ser todo sin mi papá…

 

MARÍA

Sí…

Muy raro…

 

María tiró el cigarro al suelo y lo apagó con el pie.

 

MARÍA

Voy para adentro.

Los espero allá.

 

Caminó a la funeraria.

 

LUIS

Yo también me voy;

Salió del carro y cerró la puerta tras de sí,

aceleró el paso y se le acercó a María.

 

José les miró alejarse y permaneció en silencio,

sin moverse.

 

Pensó que los seres humanos deberían vivir un poco más,

al menos unos 300 años, para poder disfrutar de la vida de verdad, verdad;

 

 

Finalmente salió del carro y se estiró de largo a largo.

 

 

Armándose de valor,

caminó al interior de la funeraria.

 

 

 

 

Como a las 5 de la mañana,

un poco antes del amanecer,

sentados muy cerca del féretro,

José, su madre y sus hermanos conversaban los unos con los otros.

 

MAMÁ

Yo no tengo nada que recriminarle a tu papá.

A nosotros nunca nos faltó nada.

 

JOSÉ

A veces yo cocino, para mi en el departamento y hago comida como para 8 personas,

mis cálculos siempre son exagerados,

siempre que sobre y no que falte;

es algo que tengo naturalizado,

y eso lo aprendí de mi papá.

 

Hablando con añoranza.

 

JOSÉ

Yo siempre recuerdo nuestras navidades de los 80s y de los 90s,

en la nevera había hallacas, pernil, pollos asados, jamón planchado, ensalada de gallina, tortas, quesillos, pan de jamón, jugos, refrescos,

éramos súper privilegiados…

 

LUIS/ MARÍA

Es verdad…

 

JOSÉ

Y yo le agradezco a mi papá esa prosperidad,

esa manera de pensar las cosas;

para poder entender claramente lo que el modelo Chavo/madurista siempre propuso a los pendejos como nosotros…

 

MAMÁ

No empieces a hablar de política por favor.

 

Acatando a regañadientes.

 

JOSÉ
Aja…

 

MAMÁ

Ya hacia el final las cosas no eran tan prósperas como tú las recuerdas…

A él no le gustaba hablar de nada de eso,

pero todos sus negocios fueron quebrando uno tras otro…

 

Todos se quedaron unos segundos en silencio.

 

MAMÁ

¿No lo vas a ver?

 

JOSÉ

No.
No quiero verlo muerto.

No quiero tener ese recuerdo en mi mente.

 

MAMÁ

¿Y cuando yo me muera tampoco me vas a ver?

 

Triste.

 

JOSÉ

No creo.

 

Mamá le tocó el cabello con cariño.

 

MAMÁ

Ay mijito…

La muerte también es parte de la vida…

 

JOSÉ
No me importa.

No quiero ver ni a mi papá, ni a ti muertos…

 

MAMÁ

¿Quieres que te busque otro café?

 

JOSÉ

Yo lo busco, pero afuera, que el café de aquí es horroroso.

¿Quieres venir conmigo?

MAMÁ

No, yo prefiero no moverme de aquí mientras el féretro esté abierto…

 

JOSÉ

¿Y ustedes?

 

LUIS/ MARÍA

No, no…

 

JOSÉ
¿Alguien quiere que le traiga alguna cosa?

¿Tienen hambre?

 

MAMÁ

No, nadie quiere nada,

mira que la masa no está para bollo,

con que traigas es más que suficiente.

 

MARÍA

Sí, un buen café estaría muy bien.

 

Luis estuvo de acuerdo.

 

A la salida de la funeraria, caminando a su carro en medio de la penumbra,

un hombre delgado de apariencia descuidada se le acercó;


HOMBRE DELGADO
¿Tú eres José verdad?

¿El hijo de Manuel Salazar?

 

José se sorprendió de que lo conociera;

lo miró tratando de encontrar en su rostro alguna familiaridad,

pero no descubrió ninguna.

 

JOSÉ

Sí.

¿Y tú eres?

 

El hombre se acercó un poco más a él.

 

JUAN

Yo soy Juan,

también soy hijo de Manuel Salazar

 

Le tendió la mano con una sonrisa;

José asintió entendiendo y le estrechó la mano con firmeza.

 

JOSÉ

¡Wow!

Mucho gusto.

¿Ya entraste a ver el cuerpo?

 

JUAN
No, ayer no pude venir,

estoy llegando en este momento…

 

JOSÉ

¿Sabrás por casualidad dónde se puede comprar un café decente por acá cerca?

 

Juan asintió.

 

JUAN
Hay una panadería 24 horas como a tres cuadras.

 

Señala en una dirección.

 

JOSÉ

Tengo que ir a buscar café para los que estamos en la funeraria,

túincluido.
¿Me acompañas?


JUAN

Sí, claro, vamos.

 

JOSÉ

¿Te llevabas bien con papá?

 

Los dos suben al carro de José.

 

JUAN

Sí… Él era un tipo sencillo,

tranquilo…

 

JOSÉ

¿En qué año naciste tú?

 

JUAN
1978

 

Sorprendido.

 

JOSÉ

¡El mismo año que nació mi hermano Luis!


Se ríe con ironía.

 

JOSÉ

Luis es mi hermano menor…

¿Lo conoces?

 
JUAN
Sí. Todo el mundo conoce a Luis en Puerto la Cruz.

Él es súper pana.

 

José sonrió, mirando al camino.


JOSÉ

Sí… Desde chamo es súper popular…

¿Esa es la panadería?

 

Era el único lugar iluminado de la cuadra.

Juan asintió.

 

JUAN
Esa misma es.

 

José se estacionó y los dos hombres salieron del carro.

 

JOSÉ

¿Y conoces a los demás hermanos?

Sabes si ¿es verdad que somos 25 todos los hijos de Manuel Salazar?

 

Sorprendido.

 

JUAN
¿¡25!?

¿Tantos?

 

José asintió.

JOSÉ

Eso dicen mis dos hermanos…

Pero no sé de donde sacaron ese número…

 

Los dos hombres entraron a la panadería.

 

JUAN

Yo creo que conozco a 7…

aparte de mis 2 hermanos.

Ahora 8 contigo.

Quizás mi hermana lo tenga más claro…
Tengo que preguntarle.

 

JOSÉ
No debe haber sido nada fácil toda esta historia para ninguna de nuestras madres…

 

JUAN

No, para mi mamá seguro que no lo fue…

 

JOSÉ

Para mi mamá tampoco…

Los dos hombres se miraron brevemente de manera franca y con empatía.

José se acercó al mostrador.

 

JOSÉ

Amigo por favor,

Si le compro 8 cafés grandes ¿Me los puede poner en una jarra o un pote de cartón y darme los vasitos aparte?

 

VENDEDOR
Sí, como no.

 

JOSÉ

Dame 2 de esos para tomar aquí…

 

El vendedor le sirvió dos cafés y se los entregó.

 

JOSÉ

Y ¿Qué haces tú?

¿A qué te dedicas?

¿A qué se dedican tus hermanos?

 

JUAN

Mi hermano y yo tenemos un taller mecánico;

y mi hermana es maestra.

 

Tomando un sorbo de café.

 

JOSÉ

Ok…

Ufff, este café está mucho mejor que el de la funeraria…

 

JUAN
¿Sí?

 

JOSÉ

Sí, más fuerte…

Yo manejé como 12 horas para llegar aquí y todavía no pegó un ojo…

 

JUAN

¿Tú vives en Mérida, no?

Eres ingeniero…

 

JOSÉ

Sí.

¿Te lo dijo Luis?

 

JUAN
No, papá.

Él siempre arreglaba su jeep con nosotros y te mencionó varias veces como el hijo al que le gustaba estudiar.

 

JOSÉ

Wow.
Y yo seguro que no soy ejemplo para nadie…

 

José se rió;

Juan se rió también.

 

VENDEDOR

Amigos acá tienen listos los cafés.

 

José pagó y tomó la jarra de café negro, con el azúcar y los pequeños vasos de plástico.

Ambos regresaron al carro y José manejó de regreso a la funeraria.

 

JUAN
Y tu ¿Te llevabas bien con papá?

José asintió.

 

JOSÉ

Sí, claro que sí…

 

Duda por un segundo, si debe hacer las preguntas que tiene en la mente;
y las hace de todos modos.

 

JOSÉ

¿Y él...  se hizo cargo de ustedes?

¿Comida, ropa, casa…?

Esas cosas…

 

JUAN

Sí, él pasaba muchos fines de semana con nosotros…

 

JOSÉ
¡Qué bueno!

De verdad me alegra escuchar eso…

No se si todos los hermanos tendrían esa misma suerte que tu familia y la mía…

 

JUAN

Todos los que he conocido hasta ahora se llevaban bien con él...

Les había dado el apellido y siempre los había ayudado de alguna manera o de otra…

 

JOSÉ

Bien…
Es lo mínimo,

digo, hacerse responsable de tus hijos,

no dejarlos a su suerte…

 

JUAN

Si, pienso lo mismo…

 

 

 

 

Como a las 7 de la mañana,

a una hora del sepelio,

la funeraria volvió a llenarse de gente presentando sus respetos;

amigos,

socios,

antiguos trabajadores de sus negocios,

sobrinos,

ahijados,

hijos,

nietos.

 


Mamá, que estaba sentada muy cerca del féretro, parecía conocerlos a todos,

y era a ella a quien todos se acercaban a dar las condolencias,

 

solo algunas viejas amantes y otras madres de hijos de Manuel Salazar la ignoraron y se acercaron directamente al féretro a mirar el cuerpo sin decir una palabra;

ella las trató con la misma indiferencia.

 

 

 

 

Afuera de la funeraria, José y sus hermanos,

Juan y sus hermanos;

fueron recibiendo a los hijos de Manuel Salazar que no conocían;

 

y uno a uno,

los 17 que asistieron,

fueron presentando a sus consortes y a sus hijos.

 

En el grupo en general había una reconfortante empatía instantánea,
un sentimiento compartido de que de pronto la familia de todos se había hecho más grande;

trayendo nuevos hermanos y hermanas, sobrinas y sobrinos; cuñados y cuñadas, todos de diferentes edades y las más variadas profesiones.

 

 

Alirio,

el vivo retrato de Manuel Salazar,

uno de los hermanos más jóvenes,

sugirió abrir un grupo de whatsapp para mantenerse en contacto y tener comunicación de ese momento en adelante.

 

Todos estuvieron de acuerdo.

 

Algunos afirmaron que faltaban algunos hermanos que vivían en Margarita y otros que vivían en Carúpano y en Caracas;

 

Manuela, una de las hermanas mayores,

que decía conocerlos personalmente,

se comprometió a ubicarlos y agregarlos al grupo de whatsapp.

 

 

 

 

Mientras el cura y las mujeres, que acompañaban el cortejo fúnebre, rezaban el rosario en voz baja;

varios de los hermanos se turnaron para cargar la urna de la puerta del cementerio, a la fosa donde finalmente sería depositada.

 

El cura dijo unas breves palabras de consuelo a los presentes y acto seguido los trabajadores del cementerio comenzaron a cubrir el féretro con tierra.

 

Viendo la tristeza en las caras de la mayoría de los presentes, José pensó que Manuel Salazar no podía haber sido tan mal hombre,

tan mal padre,

después de todo,

y tuvo la certeza de que sería recordado con cariño por la mayoría de sus hijos.

 

 

 

 

Al mediodía José invitó a su madre y sus dos hermanos a un pequeño restaurante de comida criolla, en el que se podía pagar con cashea;

 

Durante toda la comida,

 

los cuatro recordaron que, a Manuel Salazar, le gustaban los Picapiedras, los documentales de animales y las películas de vaqueros;

que le encantaban las caraotas con azúcar, el pabellón con cazón en vez de carne mechada,

la sopa de pollo que hacía su madre, las empanadas de queso que vendía en el malecón la Sra. Estefanía y el pernil de fin de año, sazonado con pimienta, aceitunas y alcaparras;

 

que le gustaba cumplir años y las navidades; para atragantarse de torta de piña, de guanábana, torta negra y dulce de lechosa,

que en esas mismas celebraciones siempre desempolvaba los discos de vinil de José Luis Rodríguez, Felipe Pírela y de la Billo’s Caracas Boys;

 

que le encantaba usar yuntas y corbatas de rayas setenteras, todas pasadas de moda, cuando se ponía camisas manga larga;

 

que toda su vida se acostó temprano y se paró temprano,

que no le gustaban las bebidas espirituosas;

 

que echaba siempre los mismos chistes de los que solo él se reía;

 

y que los había querido a todos a su manera.

 

 

Todos en la mesa pensaron que iban a extrañarlo.

 

 

 

 

Oyendo los Beatles,

ya en el camino de regreso a Mérida,

José pensó que la muerte de los seres queridos siempre nos tomaría a todos por sorpresa;
porque era una despedida, radical y definitiva; que no podía ser contravenida;

 

Pero en este caso en particular,

la muerte de Manuel Salazar,

había resultado multiplicadora,

generando el encuentro improbable de todos sus hijos y de sus nietos.

 

 

Una reunión que, de haber sido planificada de otra manera,

seguramente hubiese sido imposible de realizar;

 

pero que en su funeral y en su entierro,

había fluido naturalmente;

ampliando la familia de todos de manera instantánea;

 

y eso solo podía mirarse de manera positiva.

 

 

 


 

 

 

 

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