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viernes, 23 de octubre de 2026

Por las rendijas

Por Andreina Gutiérrez.

A la media noche un susto de muerte ataca con más fiereza. Veamos: la silla se movió repentinamente unos 50 centímetros hacia atrás, haciendo mucho ruido; por un milagro cósmico no se me cayó la olla que llevaba en las manos para guardar en la nevera. La confirmación del terror vino de observar al gato arrinconado bajo otra silla, azorado, tembloroso, asustado. Si el gato tiene miedo ¡imagínate!

 

Fueron casi 5 minutos de intenso palpitar, la respiración entrecortada, los gemidos de pánico y las piernas paralizadas. Lo más aterrador: la soledad, el silencio. Los vecinos duermen, todo está en calma, y yo solo puedo mirar la silla de plástico azul como si fuera una serpiente venenosa a un metro de distancia. Los pensamientos viajan a la velocidad de la luz, ideas retorcidas llenas de supersticiones nunca antes creídas me invaden y hasta siento el reproche de todos los que dicen "de que vuelan, vuelan". No es posible, ¿qué acaba de pasar? Creo que puedo perder conocimiento en cualquier momento, estoy hiperventilando. Debo calmarme y analizar con cabeza fría la situación. La hora no ayuda, las variadas películas de terror en la televisión durante el zapping rutinario tampoco. La cobardía habitual menos. Un cúmulo de consecuencias inesperadas se arremolinan en mi cabeza.

 

Hay que ir por partes. Primero la respiración, mandemos oxígeno al cerebro en cantidades y a velocidades normales, por favor. Despacio, tranquila. Ahora a enfocar la vista, analiza cada detalle de la habitación: un comedor común, una mesa redonda, cuatro sillas, un ceibó, un aparador, una mesita con un televisor. Un gato. ¡Como el relámpago del Catatumbo me cae la metra! ¡La clave es el gato! Su mirada fija en la silla, su postura, me lo dicen todo, sí, está asustado, pero ¿por qué a un gato le asustaría una silla moviéndose sola? ¿Creen los gatos en fantasmas? ¡Allí lo deduje todo! ¡Miércoles! "¡Fuiste tú!" Lo increpo con rabia. El pobre animal me mira como diciendo "¿Y yo qué hice?" Lo odio por el microinfarto que me produjo. Los músculos de mi cuerpo empiezan a relajarse, ya puedo pensar racionalmente. Hago una serie de deducciones rápidas como si fuera el mismo Sherlock Holmes, a punta de observación. ¡Elemental! ¡Fue el gato! Muy simple: el misifuso dormía en la silla, como es su costumbre, patas arriba, se estiró demasiado, resbaló de la silla, en el aire tratando de aferrarse a algo, empujó la silla hacia atrás de una patada, como estaba dormido y la distancia era muy corta, no le dio tiempo de caer de pie como, pues, un gato. Cayó de espaldas. El golpe y lo ignominioso de no caer en sus patas, lo asustó y lo dejó tan perplejo como a mi, tratando de comprender cómo había sucedido semejante horror ¿Un gato que no sabe caer? Lo sigo acusando ¿fuiste tú, verdad? El alivio que me produce odiarlo en este momento. Mi mano ya no está en mi pecho impidiéndo que mi corazón salte, ahora está en mi frente tratando de apaciguar los pensamientos de venganza.

 

      El dolor se cuela por las rendijas de lo cotidiano, volviendo absurdo, lo más común, como un esquizofrénico lleno de voces aterradoras que hablan de infinita soledad, la vastedad del desamparo de una noche silenciosa en la que una silla se movió sola por culpa de un gato.


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