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sábado, 25 de febrero de 2023

Solo un Momento. PARTE II. Amaneceres.

Por Sergio Marcano.

Solo unos días después de llegar a Caracas,

a la salida de la clase de Análisis Comparativo de Literatura Colombiana,

Mario invitó a tomar unas cervezas a Ligia; la morena de labios carnosos, que siempre complementaba sus argumentos con movimientos suaves de sus manos.

 

Y ella, que desde el principio de semestre había sido muy clara en demostrar su interés hacia Mario, aceptó encantada.

 

Pero, como a la quinta cerveza de aquel encuentro,

Mario tuvo la sensación de que tenía muy poco en común con los intereses o la personalidad de su compañera de clases; algo que, vale aclarar,

no disminuyó en lo más mínimo la atracción física que sentía por ella,

sus deseos de hacerle el amor.

 

Y Ligia, que no tenía complejos, ni prejuicios, para ejercer su sexualidad, no se hizo de rogar.

 

jueves, 17 de noviembre de 2022

Solo un Momento. PARTE I. Encuentros fortuitos.

Por Sergio Marcano.


Mario es un hombre blanco, delgado, de 46 años.
Es un profesor de secundaria que se esfuerza día a día por vivir lo más decentemente que puede en la depauperada Venezuela contemporánea.
 
Es el padre de Yelitza, de 7 años de edad y por ella siente un amor sobrehumano.
A ella le dedica todo el tiempo que Elimara Herrera, su ex-pareja, le permite.
 
Mario lleva ya 3 años y 9 meses solo.
Luego de su difícil divorcio decidió que no quiere más complicaciones amorosas en su vida y ha permanecido soltero desde entonces.
En este momento Mario está cursando el último semestre de una Maestría en Literatura Latinoamericana.
Desde que esos estudios comenzaron hace un año y medio, su mente se mantiene distraída y ocupada analizando el verbo y la estructura narrativa de los más variados autores argentinos, colombianos, uruguayos, mexicanos y venezolanos.
 
Esta semana Luis Daniel, su mejor amigo de toda la vida consiguió “un tigre” pintando la casa de un empresario en Puerto Cabello y le llamó para preguntarle si quería ser uno de los tres pintores.
 
Si bien Mario no había pintado con brocha gorda más que cualquier hijo de vecina, aceptó el trabajo porque el pago era en dólares y en 7 días podía ganarse lo que se ganaba en 4 meses dando clases en el instituto.
 
Una matemática a todas luces ineludible.